El coste de nuestra calidad de vida

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Acuenta del futuro traslado de las intalaciones que Repsol tiene en el puerto de A Coruña a punta Langosteira, los coruñeses parece que han descubierto que bajo la ciudad pasa un oleoducto por el que la empresa de refino mueve sus productos entre la refinería y los muelles. Son algo más de seis kilómetros que atraviesan varios barrios de la ciudad.
Estas canalizaciones llevan ahí desde el día en el que se montó la factoría y hasta sirven para dar nombre a una calle de la ciudad que, como no podía ser de otro modo, se llama “Oleoducto”. Sin embargo, lo que tenía que ser una gran noticia, la salida de los grandes petroleros de la ría, se ha convertido en un drama porque, al menos durante unos años, las tuberías van a seguir en su sitio.
Desde luego, no se trata de minimizar el impacto que esta infraestructura tiene, ni tan siquiera el riesgo potencial, la cuestión es que, de repente, parece que todo el mundo ha descubierto la existencia de este gigantesco túnel y, todos a una, se reclama su inmediata desaparición.
Con el crecimiento urbano, son muchas las factorías que surgieron a las afueras de las ciudades y que, poco a poco, han sido engullidas por la urbe. En cualquier ciudad se ve como polígonos industriales, que en su momento ocupaban amplios descampados, son ahora parte del paisaje urbano y las industrias conviven con los ciudadanos, con lo que ello significa en molestias de tráfico pesado, ruidos u olores.
Como la refinería coruñesa, o ENCE en Pontevedra, incluso la Citroen en Vigo, que condiciona el crecimiento mismo de la ciudad, son miles los ejemplos, pero lo curioso es que cuando, como en el caso de A Coruña, se le pone fecha de caducidad, parece que no basta.
Ahora, en urbanismo se habla de humanizar las ciudades, de peatonalizar calles y crear áreas verdes, pero existen muchas infraestructuras productivas que no se pueden esconder ni demoler, por mucho que nos gustara que así fuera. Y no se pude cortar por lo sano por el coste económico que supone el traslado de las factorías y, tal vez más importante, por el coste social en pérdidas de empleo.
No podemos renunciar a la seguridad, ni al medio ambiente, ni a la calidad de vida, pero habría que preguntarle a la sociedad qué precio está dispuesta a pagar por esos cambios. Si no somos capaces ni de dejar una mañana el coche aparcado, muy raro resultaría que ese pueblo que clama por esos cambios esté dispuesto a asumir su precio.
Es preciso no perder la paciencia y caminar con paso firme hacia la eliminación de infraestructuras como el oleoducto de A Coruña. Pero también es necesario que se mediten bien los pasos y se aclare cuál es el destino. No sea que al llegar allí nos demos cuenta de que no era lo que esperábamos.

El coste de nuestra calidad de vida