FONTANEROS Y ZURCIDORES

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Soy paseante en corte… de los sanatorios. Me viene de antiguo. Cuando en correría por encima de los pupitres de mi clase rodé al suelo y me corté con el filo de una pata la oreja, emulando al pintor de amarillos y locuras, Vicente van Gogh. Después, reiteración digna de mejor causa, he insistido hasta el aburrimiento por ver hombres enfundados de blanco –hoy está de moda el verde- o jóvenes y preciosas señoritas que te saludan sonrientes mientras atienden el gotero conectado al brazo, el vial o te estampan pinchazos a diestro y siniestro. Al cambio simple invitación mortificadora de desear echar un pitillo doceañero en el cuarto de baño familiar.

Sin embargo, pese al carácter mágico, tribulaciones y hechicerías de los tratamientos, somos criatura individual al margen de la enfermedad padecida y de ahí que Séneca advirtiese que nada ayuda más al enfermo que el ser curado por su médico de confianza. En este sentido tengo cubierto mi equipo de especialistas con tiempos de récord olímpicos: cardiólogo, neurólogo, hematólogo, cirujano plástico y médico de cabecera…

A la sazón dependo de un excepcional fontanero, el no va más profesional, en todo eso del alcantarillado y tuberías del cuerpo. No hay atasco que se resista a don Juan Manuel de la Cámara Mendizábal como acredita la fila interminable de romeros que acuden a purificarse en el templo de su oráculo. Almas del buen dios que indagan para conocerse a sí mismos, tirando de teología actual y animar la fe suya respecto al estado científico-positivista que nos hemos dado. Apoyados también por el doctor Martelo Villar, primoroso vainiquero, paciente bordador y responsable directo de puntadas en zurcidos que se integran tornando parte de la piel operada que queda estirada y firme y lustrosa como el cutis de un recién nacido.

FONTANEROS Y ZURCIDORES