RESPETO

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De pequeño te enseñan a respetar a los curas. Primero, por ser personas mayores –no conocí a un sacerdote joven hasta los 18 años– y después, por su condición de religiosos, que se asocia a valores como bondad y sabiduría. Luego creces y dejas de ver a través de los ojos de quienes te educan. Tratas, no obstante, de mantener esa consideración hacia las sotanas –te han criado como a una buena persona–, pero te encuentras con personajes como el obispo de Alcalá de Henares y te preguntas por qué debes tener el más mínimo miramiento con quien juzga y condena a quienes no piensan o sienten como él.

Este señor, que habrá predicado en infinidad de ocasiones el amor al prójimo, ha decidido erigirse en azote y salvador de los homosexuales. Pobres almas descarriadas que merecen su oración y su crítica. Ya sea en una homilía o ante las cámaras. Como enfermos que son, considera este hombre de Dios, su mal se cura con la terapia adecuada. Por eso no duda en animarles a que acudan a un especialista que los recupere para la sociedad.

Piensas entonces en ese amigo que vive con su pareja. Hombres sanos, cuerdos, perfectamente “normales”. Te cuesta creer que Reig Pla se refiera a ellos. Quizá él ve algo que tú no alcanzas a sospechar. O quizá ve lo que quiere ver. Personas que no se ajustan a su ideal de familia. Pecadores condenados. Peores incluso que otros, delincuentes, asesinos, para los que la Iglesia pide el perdón. Porque hay que ser piadosos. Claro que no tienes ningún interés en que un párroco solicite la compasión popular para los gays. Como si hubiese algo por lo que pedir disculpas. Lo que esperas es que no hable de ellos en términos diferentes de los que emplea para el común de los mortales.

Pero el obispo de Alcalá insiste en su cruzada. Y anuncia que ha recibido más de un centenar de cartas de rehabilitados. Hijos pródigos que regresan triunfales del infierno de la homosexualidad. En tu cabeza la imagen de un telepredicador obrando el milagro de hacer caminar a un niño paralítico a ritmo del himno que canta un coro de gospel.

Piensas en dejar de ser educado, en pedirles a esos padres que intentaron enseñarte que miren a otro lado mientras le dices al obispo que de lo primero tiene poco, que la caridad empieza por el respeto, que el alzacuellos no le da carta blanca para sentenciar, que la espiritualidad y el prejuicio no van de la mano y que, puede ser un golpe bajo pero te mueve la pasión, bastante tiene que callar una institución que abusa de niños y lleva siglos cometiendo crímenes atroces.

Luego te recompones y vuelves a pensar en aquello del respeto. Lástima que a algunos no los educasen como a ti.

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