Caperucita ferroz

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No voy a decir que todas las leyes sean malas, pero incluso en esta Constitución que nos emplumaron en 1978 para “liberarnos” de una dictadura hay algunas que nos trajinan derechos, y de lado. 
Y es que las leyes son obra de hombres, bichos imperfectos, que hoy pueden decir jota y mañana hache y pasado quién sabe qué.
Pero los hombres no necesitan constituciones que legalicen la libertad, porque todos nacemos libres. 
Con todo este previo rollo patatero vengo en aclarar que si una constitución encorseta la libertad del hombre, hasta el punto de no dejarle ser libre, lo que hay que hacer con ella es sacudírsela de encima lo antes posible; y además hacerlo a través del método más rápido y efectivo que se pueda. O sea, de la manera más expeditiva.
Si en lugar de hablar con el lobo en mitad del cuento, Caperucita le hubiera atizado una patada en los huevos, es posible que el cuento tuviera una trama final completamente distinta, el desenlace sería mucho más rápido y feliz, y Caperucita sería la más chula del bosque catalán. Sin ninguna duda.

Caperucita ferroz