ESAS MENTIRAS QUE QUEDAN BIEN

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Es una pena que el juez Vázquez Taín ya haya escrito su novela sobre el robo del códice Calixtino. Sin lugar a dudas, la obra debe ser interesante, sobre todo teniendo en cuenta que nadie ha bebido de las fuentes directas en la misma proporción que el magistrado. Tal vez, la única pega que se le puede poner al libro es que, debido a su premura en llegar a las librerías (cuestión de márketing, es de suponer), la pieza le haya salido más en la línea del “Código Da Vinci”. Si hubiera aguardado un poquito, y tras conocer las nuevas revelaciones del exelectricista vengativo y bibliófilo, la pieza tendría más esas sombras de Grey, tan de moda, lo que a buen seguro habría repercutido de manera positiva en las ventas.

Y es que el llegar pronto a un sitio, a veces, provoca la pérdida de algunos detalles que, de haberse conocido, habrían cambiado el signo de la actuación. Por ejemplo, seguro que más de uno de los políticos que se dejaron parte de su salud física por impedir el desalojo de la octogenaria Aurelia Rey, a estas alturas tal vez se pensaran un par de veces si interponer sus cuerpecillos frente a los corpachones de los agentes antidisturbios de saber que la mujer no solo rechaza irse a una residencia, sino que tampoco quiere un piso de alquiler social y que solo acepta una vivienda en Ciudad Jardín o veinte millones con los que sufragar el regreso a su aldea...

Ya puestos a romper mitos, y con eso de que después de no defender a la anciana en cuestión uno se convierte en diana para los afilados dardos verbales, cuando no insultos, de quienes solo ven la vida a través de la pantalla de su teléfono móvil u ordenador, no estaría de más que esos que hablan de la defensa, por ejemplo, de la educación pública, explicaran qué educación quieren mantener.

Porque se empeñan en asegurarnos que estamos mandando a la emigración y al paro a los jóvenes más preparados de la historia y, sin embargo, cada vez que los de Pisa hacen público su informe vemos que esa supuesta generación hiperpreparada está en realidad formada por unos chavales asociales y bastante burros, tanto que, salvo honrosas excepciones, son incapaces hasta de escribir su nombre sin una falta de ortografía. Hace décadas que en España no se puede hablar de Educación como tal. En parte porque los políticos se han empeñado en convertir los colegios en focos de adoctrinamiento y, además, porque el nivel de los docentes ha ido cayendo en picado.

Las universidades han surgido como setas y son monumentos vivientes a la endogamia, donde lo que menos se tiene en cuenta es la valía a la hora de adjudicar una plaza. En los institutos la fe de los docentes en el sistema es inversamente proporcional a los años que hace que obtuvieron la plaza y, para acabar, en los colegios importa más el ratio de alumnos por aula que lo que se les enseña. Eso sí, a los jóvenes, con el tiempo, les damos un título y decimos que están preparados, aunque no sepamos para qué.

ESAS MENTIRAS QUE QUEDAN BIEN