Acuerdo con rehenes

|

Pasado mañana se cumple un año de que el entonces presidente de Cataluña, Artur Mas,  y el de aquella líder de la oposición y de ERC, Oriol Junqueras, acordaron que la mejor manera de redoblar el pulso contra el Estado era convocar unas elecciones “plebiscitarias”, a las que ya en aquel momento se les puso fecha de celebración: el 27 de septiembre.
Ha sido un año en que el debate político catalán ha venido marcado de forma casi monotemática por el proceso independentista. Un año de despropósitos que han tenido a aquella comunidad casi paralizada a efectos de administración ordinaria, sumida en la bancarrota económica, con una deuda pública a nivel de bono basura y con centenares de empresas buscando fuera refugios más seguros. Una comunidad salvada a la postre con la financiación extraordinaria que llegaba de un poder central del que, paradójicamente, se quería desconectar. 
Y el despropósito ha seguido hasta ayer mismo, con el acuerdo casi al borde de la campana entre Juntos por el Sí y los activistas antisistema de la CUP, que ha evitado la repetición de unas   elecciones que hubieran podido muy bien suponer el final de Convergencia, el partido fundado hace cuarenta años en torno al no tan honorable Jordi Pujol.  
En tal alianza de conveniencia no se sabe muy bien quién ha ganado. La CUP ha visto cumplido su propósito de quitarse de encima a  Artur Mas, que pone así fin a cinco años de presidencia.  De poco más aquélla se puede orgullecer. Porque ha pagado –me parece- un alto precio: ha tenido que entregar como rehenes a dos de sus diputados electos;  se ha visto obligada a una confesión pública de culpa por haber puesto en riesgo el proceso soberanista, y se ha comprometido  a llevar a cabo una “purga inmediata” de los díscolos en el seno del grupo parlamentario. 
Ha renunciado, finalmente, a ejercer como partido de la oposición en los asuntos que amenacen la estabilidad del proceso.  No es de extrañar el significativo silencio con que las plataformas  de unidad popular han acogido el leonino acuerdo. No sé si para este viaje han sido precisas tantas alforjas y casi tres meses de marear la perdiz. Habrá que ver si la CUP no habrá autofirmado así su sentencia de muerte.
Al final, un hombre considerado como de inequívocas convicciones soberanistas  y que siempre ha defendido el derecho a decidir ha sido investido presidente de la Generalidad: Carles Puigdemont, delfín de Artur Mas, alcalde convergente de Girona y presidente desde el pasado verano de la Asociación de municipios para la independencia. El Gobierno central, aunque en funciones, ya se ha puesto en guardia. El nuevo escenario que se abre no va a ser fácil de gestionar.

Acuerdo con rehenes