Supervivientes

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que vivimos días de angustias y de futuros inciertos, no es un secreto para nadie. En lo que- quizás- muchos no hayan reparado es en que, los que hemos sobrevivido, al menos somos dueños de nuestros agobios, mientras nos exponemos a diversos porvenires en forma de interrogación; sin embargo, aquellos que se fueron porque la enfermedad arrasó con ellos, carecen de esa congoja, pero tampoco tienen un mañana.
Vivir con incertidumbre no es tan malo, porque al fin y al cabo es una forma de hacerlo. Nos lamentamos por las esquinas de nuestra mala suerte, al tiempo que no sabemos hacer otra cosa más que mirar a nuestro ombligo. Uno sufre desde el observatorio de su casa viendo como la fiesta se resfría y siente que la vida le obliga a bailar con la más fea. Pero, al menos, puede ver y también puede bailar.
El mundo ha sido arrasado por un virus propietario de un ejército de magnitudes inconmensurables. El diminuto enemigo obligó a medio planeta a esconderse para no morir asfixiado y, de ese modo, logró ahogar los negocios, suprimir algunos pagos y cancelar todos los cobros. La tierra se empobreció y, al hombre superviviente, parece no importarle lo demás.
Durante este periodo, miles de cuerpos torturados por la muerte se han acumulado en las nuevas cunetas que representan ciertos recintos, a la espera de ser recocidos o de poder ser sepultados. No había habido ninguna catástrofe de tal magnitud desde aquella Segunda Guerra Mundial en la que, entre otras barbaridades, un bicho algo más grande que el Corona Virus se empeñó en ir cercando, atormentando y liquidando a los no integrantes de una anhelada raza aria. 
Casi trescientas mil personas han fallecido en el mundo a raíz de esta pandemia. Miles de seres con una vida a cuestas. Cientos de miles de individuos plagados de ilusiones y desprovistos de toda oportunidad… Y, por algún motivo sin explicación aparente, nosotros aquí seguimos.
Mientras nos lamentamos de las pérdidas materiales que nos atañen, carecemos del tiempo necesario para pensar en porqué diantres el Corona Virus nos dejó escapar sin haber hecho absolutamente nada para merecerlo y en porqué se decidió por otros parecidos a nosotros, en lugar de cazarnos al vuelo. Y no hay respuesta.
Somos supervivientes de una guerra que contaremos a nuestros nietos y que se estudiará con datos concretos en los futuros libros de historia. Crea usted en Dios o en el azar, ha sido elegido para continuar. Dicho esto, quiérase usted mucho y quiera también al prójimo que sobrevivió en su mismo campo de batalla. Sea consciente de que la última lamentación la trae la muerte y que, por ahora, a alguien debe seguir apeteciéndole ver cómo se queja.
Le animo a trabajar sin tregua por reconstruir, sin lamentos ni reproches, y respetando las medidas de seguridad con la responsabilidad de la que casi todo el país ha hecho gala durante este tiempo. Luchemos por volver a empezar sin mirar atrás, porque lo haríamos con unas gafas empañadas y no comenzaríamos bien. Hagámoslo por nosotros y por la memoria de todos los que han caído, mientras rogamos a los gobernantes que no escatimen ayudas. 

Supervivientes