EL CISMA DE PODEMOS

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Pablo Iglesias decidió, de manera unilateral y autoritaria, el cese fulminante de Sergio Pascual, Secretario de Organización de Podemos y hombre de confianza de Íñigo Errejón, el segundo hombre fuerte del partido.
Ese golpe de autoridad decapitó al tercero en el organigrama del partido y debilitó la relación de Pablo Iglesias con el cofundador de Podemos Íñigo Errejón. Esa actitud “cesarista” de Pablo Iglesias fue el detonante que produjo el cisma de Errejón y Pablo Iglesias, cerebro y corazón, respectivamente, de Podemos. Esa ruptura o cisma se intenta minimizar, ignorando que las diferencias, discrepancias o desavenencias que se producen entre los máximos dirigentes de cualquier organización o comunidad devienen normalmente en división, cuando no en ruptura o enfrentamiento.
Como es sabido, los cismas al igual que las heridas, se pueden curar pero sus cicatrices permanecen y suelen dejar huellas y secuelas. En todo caso, la forma en que se produjo la crisis interna de Podemos, pone de manifiesto un “secreto a voces”; el de que ese partido, en manos de Pablo Iglesias, participa del modelo marxista-leninista del Centralismo Democrático, que consiste en la organización y funcionamiento del partido siguiendo las enseñanzas de Marx y, sobre todo, de Lenin, expuestas por éste último en su obra “Qué hacer” de 1902. En ellas se acentúa, principalmente, la “unidad  de acción” del mando, como encarnación del espíritu de las bases, lo que conduce a la centralización e infalibilidad del poder, sostenido por la agitación, la propaganda y la organización. Aunque su principal divisa es “el máximo de discusión en el debate y el máximo de unidad en la acción”, lo cierto es que, una vez lograda ésta, se cae inevitablemente en el abuso o exceso de poder. Ya Proudhon afirmaba que “la centralización es, por su propia naturaleza, expansiva e invasora”.
Por ello, resulta explicable la paradoja que se da en los partidos marxistas y totalitarios que, defendiendo teóricamente la democracia de sus bases, degeneran en el más absoluto “culto a la personalidad”, identificando al partido con su líder. Esta característica es particularmente significativa en sistemas políticos o en gobiernos que se conocen, principalmente, por el nombre de sus líderes o caudillos, como ocurre, por ejemplo, con el castrismo en el régimen Cubano o con el franquismo en España antes de la democracia.
Finalmente, hay que reconocer que la falta de democracia interna es el tendón de Aquiles de todos los partidos, sometidos a la oligarquía de sus cúpulas directivas. Este sistema incumple abiertamente el mandato imperativo del Artículo 6 de nuestra Constitución en el que se dispone que los partidos políticos en “su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos”. No cabe duda de que la crisis de Podemos, apenas transcurridos dos años de su nacimiento, se debió a una decisión personal, sin debate previo alguno, confirmando así el abandono de la democracia interna por el poder absoluto de su líder.

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