LOS HIJOS SE HAN DORMIDO

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En el Rosalía, ciclo principal y dos representaciones con llenos absolutos. Producciones Contemporáneas ofreció “Los hijos se han dormido”, versión y dirección de Daniel Veronese sobre la todavía revolucionaria pieza “La gaviota” de A. Chejov. En una finca campestre la obra disecciona a un grupo de actores con personalidades muy determinadas y respectivos juicios de valor. Jamás describe sus idiosincrasias limitándose a diseñarlos a través de las reacciones que provocan entre ellos, mientras asisten y protagonizan su destrucción. Puzzle de criaturas humanas. La vida encima del escenario como latido sin retórica grandilocuente. “La brevedad –ya había dicho Chejov– es la madre de todas las virtudes”. Y más adelante acerca de su teatro vanguardista: “Yo no quería niños llorones...; echad una mirada a vuestras vidas y ved que lamentables y desastrosas son”. Nos adentramos en la compleja soledad del protagonista, su miedo a la vida, a espantar sus fantasmas, característica de su teatro de “acción indirecta” –fuera de escena y estoicamente admitida por los personajes que la sufren–, que termina en boda o en trágico suicidio. Un médico real que aplicó su ciencia a la mayor gloria del expresivismo lírico. Tristeza, pesadumbre, melancolía. Así la gran gaviota hace honor bordada en el telón del “Teatro de arte” de Moscú, recordando a su héroe.

Cuatro actrices y seis brillantes actores integran el elenco donde todos rivalizan por superarse. Una diadema entre bambalinas, a telón alzado, donde un personaje recuerda que “el autor cobra derechos, el director disfruta la familia en su hogar y el actor es el encargado de transmitir las alegrías, las tristezas y las pesadumbres y los fracasos que configura su carácter”. Escenografía precisa. Puertas laterales y al foro por donde acceden y salen en histriónico vodevil.

LOS HIJOS SE HAN DORMIDO