“CRIVAS”

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Así, con “v”, porque con “b”, como se sabe, significa, entre otros contenidos, pasar una selección rigurosa. Era imaginería sutil la creación de un personaje al que de este modo apodábamos entre la gente de la pandilla, y que no venía a ser otra cosa que el recurso empleado para deshacernos de quien molestaba, de con quien no se quería estar. De tal modo surgía “Crivas” como elemento de disculpa. “Lo siento, hemos quedado con Crivas; en otro momento nos vemos”, decíamos. Como todo lo inventado, en ocasiones adquiría visos de realidad, más por nuestra mención consciente y recurrente que por otros motivos, así que “Crivas” acabó dotado de personalidad propia: excelente aunque incógnito amigo, generoso con los demás, que constituíamos una exquisita selección, un elenco privilegiado de íntimos al que los demás nunca tenían acceso, que invitaba de modo más que creíble a cervezas, juergas, paseos y confidencias.

Desapareció, como todo, en cuanto no fue necesario, que no fue más allá del momento en que los habituales dejamos de vernos, o al menos con la misma asiduidad. Sin embargo, de algún modo, perdura. Y cuando nos encontramos, todavía, a modo de saludo, de recuerdo, preguntamos: “¿Qué sabes de Crivas?”. Al final, por lo que se ve, no difería tanto del “cribas” (con “b”). No era más que el modo de eludir, de seleccionar, de separar, de establecer los límites entre lo propio y lo indeseado. Con demasiada frecuencia, lejos ya de la juventud, seguimos poniendo, sin saberlo, a un “Crivas” en nuestras vidas.

“CRIVAS”