TÉRMINO

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Suena música arrabalera, portuaria, en la calle Galiano de Ferrol, en ese quejido de las teclas de piano movidas por el viento, como si fuese el último viaducto hacia ninguna parte. Sonidos tristes y viscerales en la ciudad otrora término, ahora puente indiscutible hacia el mar. Es lo que tenía arropar los topes de la última vía del tren, final del camino y trayecto, petril arrobado circunvalando una isla, sin salida visible o, ni tan siquiera, imaginable. El mar no es solo verlo, también palparlo, y da la sensación de que por primera vez esta ciudad tan marítima se deja querer de algún modo viendo, como nunca hasta ahora, salvo para ver partir, lo que puede llegar a través de sus muelles.

El final, a falta de estar más cerca de la costa, ya no se encuentra tan lejos al fin y al cabo en este nuevo puerto que parece una avanzadilla, un diente pétreo salpicando las olas –en vez de al revés–, capaz de amortiguar el temporal y recomponer el desastre. Tanto tiempo siendo entrada y nunca, hasta ahora, salida, conlleva el riesgo de no creérselo, pero es una de las –escasas– puertas que deja entreabiertas la marea.

Nadie lo hubiese pensado hace una veintena de años, pero por aquí pasan ahora, como nunca antes había sucedido, mujeres y hombres en bermudas, calcetín multicolor calzado hasta la media pantorrilla y chubasquero, cuando se tercia, encajado. La ciudad era término a través del hierro del tren y es ahora paso mediante el mar, camino también de mercancías, trasiego de fortuna.

 

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