Desesperados

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y la desesperación se hizo presa en la gente como el verdín en las rocas. De pronto, todos nos dimos cuenta de que aquel confinamiento que en un principio muchos se habían tomado como una experiencia curiosa, otros como una angustia asediadora y, el resto, como lo más original que les había ocurrido en sus vidas; había venido para dejar una larga sombra. Una sombra tan grande y tan espesa , que dejó de producirnos cualquier similitud con ninguno de los sentimientos anteriormente mencionados, para regalarlos únicamente una especie de terror aderezado con notas de depresión.
Como hijos abandonados por unos padres demasiado ocupados en pelearse entre ellos, nuestros gobernantes comenzaron a discutir qué hacer y cómo hacer. Y mientras trataban de ponerse de acuerdo, el pueblo se moría de miedo. De ese miedo árido que produce la sensación de que todo se acaba y de que, más allá, de los rostros compasivos de aquellos situados un escalón por encima, la realidad los estaba cercando poco a poco sin encontrar consuelo, ayuda ni escapatoria.
Es triste vivir con límites, es penoso hacerlo con falta de libertad, pero es totalmente lamentable flotar en una incertidumbre en la que muchos desfavorecidos llevan décadas viviendo y, nosotros, acabamos de ser presentados. Querer y no poder, buscar y no encontrar, pensar y no hallar respuestas. Es horrible sentir el aliento del lobo tras tu nuca y que nadie te ayude. Subvenciones que no llegan, impuestos que no perdonan y una vida congelada. 
Nadie sabe qué hacer y nadie hace nada. Los elegimos para que nos protegiesen y ellos no saben protegerse de sí mismos. Se escupen insultos públicamente mientras nosotros, sus “hijos” atónitos, nos preparamos solos la cena, nos acostamos y nos volvemos a levantar para que esta crisis humanitaria no acabe con lo poco que nos queda. O quizás no quede nada porque todo era mentira y nada teníamos. 
Simples contribuyentes necesarios. Esclavos de un sistema enfermo y corrompido. Pagadores de la vida padre de otros que ahora se enzarzan en una pelea de gallos para ver quien es el más listo de todos, cuando en realidad todos somos tontos, ellos por tener los egos disparados en lugar de raciocinio y nosotros por haberlos elegido. En lugar de aunar fuerzas, papá y mamá pelean por demostrar quien tiene más razón, mientras sus hijos están  desamparados. Las noticias nos enferman cada día un poco más. Los invitados a los programas, muchos de ellos indocumentados, hacen cábalas baratas que se debaten entre lo que quieren y lo que creen según su estado de ánimo. De forma irresponsable se les permite hablar y hasta sentar cátedra.
No tengo ni idea de lo que sucederá, ni cómo, ni cuando. Desconozco de que´manera se arreglará esto. Si será un medicamento el que obre el milagro, si será una vacuna o si el bicho perderá fuerza con el tiempo y se irá por donde vino.
Todo esto pasará. Nos atreveremos a mirar atrás y respiraremos con cierta tranquilidad cuando eso suceda, sin embargo, después de tanto tiempo de desesperación, de tantas muertes, de tantas quiebras y de tanta impotencia; ya no volveremos jamás a ser los mismos.
La factura emocional a pagar después de tanto miedo y de tanto dolor, será muy alta, tanto, que nos quedará una huella para siempre, un país en vías de desarrollo y un miedo intrínseco en muchos de nosotros durante demasiado tiempo.
No podemos hacer nada para evitar ni la guerra que vivimos, ni las secuelas que esta dejará; pero sí podemos rogar a nuestros “ padres” los dirigentes que se den prisa en pensar, que sean rotundos en sus mandatos, que empaticen con todos y cada uno de los colectivos más castigados y que nos cubran económicamente y de forma inmediata; porque la vida para nosotros es difícil sin ellos, pero puede llegar a ser mucho más complicada para ellos sin nosotros.

Desesperados