La belleza de la duda

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Mi admirado Oscar Wilde trató de hacernos ver por medio de miles de escritos que había algo sumamente bello en la duda. En mi opinión la certidumbre es previsible, no nos sorprende ni tampoco lo pretende. Se mete hasta las cocinas de nuestras casas y nos enseña el camino hacia el día siguiente tras cenar y lavar los platos. 

Una jornada tras otra, sin nada más que esperar que el día siguiente sea al menos tan plano como el anterior y, sobre todo, anhelando un fin de semana que tampoco será más sorpresivo que la mayoría de los vividos pero que, sin embargo, nos dejará en la boca ese regusto que tiene aquello que transformamos en especial porque sus repeticiones van de cinco en cinco días, en lugar de hacerlo de uno en uno.
Hay en la duda una parte de hermosura. Un panorama incierto que nos acoge y abraza, al tiempo que  pone nuestros estómagos de punta, vuelca nuestros corazones y activa nuestros cerebros. La incertidumbre, aunque temida, puede transformarse en maravillosa para según qué personas. Creer es algo monótono, pero dudar es algo apasionante.

Vivimos tiempos de guerra. Por nuestras calles, seres diminutos pegan tiros tan mortales como imperceptibles y, a diario, ganan la batalla a miles de soldados contagiados a lo largo y ancho del planeta. El panorama es desolador. La impotencia es brutal cuando, además de no poder salir de casa, tampoco puedes gestionar tus cosas con la agilidad que sería deseable. Te haces pequeño, te sabes minúsculo y también indefenso para con el enemigo y para con los pocos irresponsables y vándalos que circulan por carreteras y rúas como si no hubiera ley; mientras los heroicos cuerpos de seguridad del Estado se afanan en poner orden por donde pueden.

Pero la guerra silenciosa es en realidad una oportunidad para poner orden y pensar. Para parar el tiempo y volver a empezar. La duda despierta nuestras adrenalinas y nos hace más humanos. Nos espabila y nos regala esa bofetada de híper realidad que algunos llevaban años pidiendo a gritos y que otros, a pesar de haberla recibido a su debido momento, necesitábamos volver a sentir.

Se trata de la excusa necesaria para convertirnos en mejores personas, para relativizar lo que teníamos, lo que tenemos y lo que deseamos tener; para ser conscientes de nuestra enorme fragilidad y para tratar de atarnos los machos en prevención de futuras guerras microbianas.

El cómo será el regreso o el cuánto tardaremos en volver a ser lo que queremos ser, el tiempo lo dirá. Posiblemente haya una cicatriz en cada uno de nosotros hasta el día en que muramos, pero probablemente también haya una enseñanza que cada cual aprovechará a su manera según los medios de los que disponga, su intelecto y un alterado orden de prioridades.

Las dudas se resolverán a no tardar mucho. Seamos pacientes y, llegado el momento, colaboremos por todos los medios en tratar de evitar oportunismos y rencillas políticas tan innecesarias como mezquinas.  Estamos todos en el mismo equipo y cada uno de nosotros es completamente necesario para otro…, pero mientras no llega la deseada bandera blanca, disfrutemos de la sutil belleza de una duda sin precedentes. 

La belleza de la duda