El filósofo

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Emigrar a Suiza mediada la década de los sesenta, sabiendo hablar gallego y malamente castellano, condenaba a convertirse en oyente. Escuchar y escuchar para hacerse al soniquete del francés e ir conociendo el idioma. Se perdía parte del gusto por hablar, pero se aprendía mucho. Iniciar el retorno a casa a principios de los ochenta haciendo parada en Cataluña volvía a condenar a la escucha y más cuando el dinero ahorrado en Suiza se invertía en una licencia de taxi. Uno podía llegar a sentirse como un monje contemplativo al volante de un coche negro y amarillo.
El que no es tonto de remate, le saca partido a tanto prestar oídos a las conversaciones ajenas; se instruye y, aunque se vuelve taciturno, le coge gusto a filosofar y a resolver discusiones entre amigos con sentencias que parecen extraídas de un tratado de metafísica. Esa capacidad raciocinio sirve también para culminar el retorno a Galicia, cuando los beneficiosos efectos de Barcelona 92 se empiezan a desvanecer, y tener claro qué hacer con los ahorros: comprar un piso y dos plazas de garaje, para alquilarlas, y coger el traspaso de un bar. Lógicamente el establecimiento se llamará “Geneve” y su especialidad será el pa amb tomata.
El espíritu filosófico, ya enraizado en las entrañas, no impide que uno sea diestro en preparar café con leche o en tirar cañas, pero genera un riesgo muy alto de que los parroquianos le pongan un mote rápidamente. Ortega, por ejemplo, y a su mujer, por lógica, Gasset. Ella no saldrá mucho de la cocina, pero no perderá detalle de las conversaciones de los clientes. Él escuchará, callará y permanecerá impasible. Solo intervendrá  cuando oiga un verdadero disparate. Entonces torcerá el morro y sentenciará, llegando a utilizar incluso más palabras de las que vaya a pronunciar en el resto del día.
Ayer mismo se explayó a cuenta de las elecciones del Deportivo: “¡Pero cómo va a ganar las elecciones Lendoiro! Si los títulos son mérito suyo, la ruina también hay que apuntársela a él. ¡Mira que a Aznar le gusta mandar... pero se marchó a los ocho años y Lendoiro lleva 25! ¿Tú sabes...? Tú que vas a saber... Yo te lo explico: Primum vivere, deinde philosophari. Pues eso, necesitamos comer, ya llevamos muchas temporadas ayunando. Y en ‘El Manjar’ no hay servicio de catering. ¿Conchado? No, a ese señor prefiero ni nombrarlo”.

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