“Anda y dame que fume”

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tenor del ciego cotidiano creo que en algún minuto de este último segundo nos hemos fumado la coleta de Pablo I., mezclada con la chiva barba de Abascal, los fantasmales títulos de Pablo C., la carbonilla de escape del utilitario del resistente Sánchez escupida sobre el palaciego colchón de Mariano, todo ello ungido con aceite de Rufián, manteca del gris Torra y bocarte del encurtido Urkullu. Un divino porro de utopía social que lía con maestría de monje cartujo el inefable, el incombustible y todo esperanzado Feijóo. 
Estados alterados de conciencia ideológica, lo sé, a los que me doy indolente, porque drogarse es malo, crea dependencia que no independencia, y un ser adicto es un tipo peligroso en todos los desórdenes de la vida.
Cuando me quejo de la grosera mezcolanza, afirma el camello que es mestizaje y yo, correcto, en lo político, le respondo, repara que hay diferencias en el enganche, que no es lo mismo mirar que no mirar y que te miren o que te hagan mirar o que no te dejen mirar o que ni te miren. Él sonríe piadoso, él también es correcto y respetuoso con el duelo de un mal cuelgue.
No debería fumar, me digo, pero en algo hay que desbastar este tiempo en el que nos morimos atados por el mal lío del pésimo canuto y el mal trance de este peor corona, que se niega a ser emérito y desea hacer méritos. 
Antes, para conjurar el “sindiós” pedíamos que el marrón nos pillara “fumaos”, ahora, ni eso. 

“Anda y dame que fume”