SANGRE

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Nos quieren chupar la sangre. Pero pagando. Propone el presidente de una compañía española dedicada a los hemoderivados –la tercera del mundo en este tipo de producción– que se permita a los donantes cobrar por cada extracción. Vendedores, imagino que pasarían a llamarse. Comerciantes. O quizá algo más sutil como, por ejemplo, hemoemprendedores.

El señor Grifols, que, como buena mente empresarial, no solo sabe hablar de números sino que busca la forma adecuada de abrir mercado, ataca donde más duele. Asegura que su empresa podría pagar setenta euros a la semana a aquel que ofreciese gustoso sus venas, cantidad que, sumada al paro, apunta, es una forma de vivir. Y un alivio para los que han agotado la prestación. Ya tiene la atención de miles de familias.

La donación de sangre es una de nuestras conquistas éticas. Admirada por lo que tiene de generoso. Nuestro cuerpo solo es mercancía en manos despiadadas

 

Dice que la infraestructura de recogida remunerada de plasma que ha desplegado su multinacional en Estados Unidos bien podría implantarse en nuestro maltratado país. Seis mil puestos de trabajo y seiscientos millones de dólares para los donantes-comerciantes. Los ojos nos hacen chiribitas y la pajarita nos da vueltas, como a un dibujo animado. Este hombre es un santo. No es un empresario, es un filántropo.

Y nosotros, bobalicones que dejamos que nos pasen por delante las oportunidades sin agarrarnos a ellas. Opina Grifols que tenemos una especie de visión romántica de las donaciones. Critica esa moral que nos impulsa a regalar gotas rojas de vida. Como esa madre, prácticamente se burla el industrial, cuyo hijo luchaba en el frente a cincuenta kilómetros de casa y donaba sangre porque pensaba que así le estaba salvando.

Quizá nuestro altruismo resulte ridículo desde el punto de vista mercantil. Poco práctico en tiempos en los que en la cartera solo encontramos telarañas. Pero cuando casi todo tiene un precio resulta reconfortante saber que aún hay gestos que se hacen por solidaridad. Por humanidad. Que los donantes, voluntarios y convencidos, elevan a un plano superior el significado del término compartir.

La donación de sangre es una de nuestras grandes conquistas éticas. Admirada por lo que tiene de generoso. De honorable. Nuestro cuerpo solo es mercancía en manos despiadadas. El dinero, el negocio, acabaría con un espíritu que nos recuerda que no somos tan miserables como nos empeñamos en parecer. Que está lejos el día en el que gratis no demos ni la hora.

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