Pedro y el lobo

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En el arranque de la pandemia el Gobierno trató de minimizar los efectos devastadores del covid 19. Durante meses ocultaron el número real de fallecidos. El portavoz Fernando Simón restó importancia al potencial infectante del virus y no desaconsejó participar en actos multitudinarios. La obsesión del gabinete de crisis montado por Iván Redondo era controlar las informaciones de los medios con el objetivo de desviar la atención de los ciudadanos y que no cundieran las críticas ante la deficiente gestión de la lucha contra la pandemia. Las televisiones amigas se encargaron de promocionar los aplausos y los balcones. Ni a Pedro Sánchez ni a su vicepresidente Pablo Iglesias -cartera de Asuntos Sociales- se les recuerda visitando un hospital o una residencia de mayores.

Las sucesivas prórrogas del estado de Alarma pausaban el debate político en el Parlamento y las críticas a la gestión se diluían. Llegado el verano, de manera irresponsable, el presidente del Gobierno declaró que se había doblado la curva de contagios e invitó al personal a irse tranquilamente de vacaciones tal como él mismo hizo. No sin antes endosar a las comunidades autónomas el combate en primera línea contra la pandemia. Era un forma descarada de quitarse del medio y trasladar a terceros la responsabilidad de conducir al país en las horas más negras. Sánchez se fue de vacaciones pero el virus siguió haciendo estragos. Terminó el verano y llegó el otoño y también un repunte brutal de los contagios.

Ahora, ya en invierno, llama a la puerta la tercera ola y por eso el Gobierno y sus portavoces han cambiado de registro y convocan a la prudencia, apelando al sentido de la responsabilidad de los mismos ciudadanos a los que hasta hace poco les habían dicho que la cosa estaba controlada pero dejando en manos de los gobernantes regionales la imposición de restricciones a la libre circulación. Que se quemen otros. Que la impopularidad que acarrean las medidas para limitar la expansión de los contagios no afecten al inquilino de La Moncloa quien a estas alturas, con cerca de setenta mil muertos -no reconocidos oficialmente- sigue alardeando, como lo hizo en el Congreso en la sesión de control, de haber gestionado bien la pandemia.

Ahora, ante la crecida de los contagios, Pedro Sánchez pide prudencia y que no se baje la guardia. Ha faltado a la verdad tantas veces que le está pasando lo que a Pedro en el cuento del lobo. Ya nadie le cree. 

Pedro y el lobo