La vida pequeña

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estas alturas de la pandemia, esta servidora no es consciente de si es ella la que ya no sabe discernir entre la nueva normalidad y entre aquellas nuevas costumbres que en el fondo hacen que no se lo parezca tanto. Esta reflexión me lleva a pensar que, quizás, lo que antes teníamos por natural se ha esfumado para siempre y que, de ahora en adelante, tendremos que entender como normal esta realidad tan extraña que se nos presenta, al menos, hasta que se descubra la vacuna que arrase con el maldito virus que ha acabado con el mundo de la forma en que lo conocíamos.
Pero por si acaso, por si lo que ahora resulta raro acabase convirtiéndose en normal, debemos adaptarnos a convivir con las distancias, los geles y las mascarillas. Y es que cuanto antes aprendamos a vivir esta vida pequeña que, de algún extraño modo nos ha humanizado, antes aprenderemos a no sobresaltarnos si otro virus nos vuelve a encerrar. Y es muy importante mantener la calma en tiempos inciertos que, como estos, que se han repetido a lo largo de toda la historia de la humanidad.
La vida pequeña, o vida en reclusión, no tiene porqué ser mala si sabemos entenderla y somos capaces de tomarla como un tiempo de refugio, reconversión y espera. En la vida pequeña los ingresos se apagan y los gastos se reducen. Las casas son cobijos, las ventanas una oleada de aire fresco y la resolución de gestiones telemáticas se transforma en una proeza de la que sentirnos orgullosos.
En la vida pequeña un libro es un aliado, un plan es una utopía y un abrazo un imposible; pero también se trata de un tiempo de oportunidad. Es el momento idóneo para regalarles a los nuestros momentos de compañía, para llevar a cabo actividades que no tienen cabida en nuestra rápida rutina y para ordenarnos. Es un espacio de retiro obligatorio en el que echarnos de menos y crecer interiormente. 
Dejemos paso a lo normal sin miedo a que llegue lo anormal. Abramos nuestros ojos a una nueva realidad que es mezcla de las dos cosas y que no tiene porqué ser mala. Preparemos nuestras naves para un atraque forzoso cuando sea necesario y tratemos de que este nos coja provistos de todas las herramientas necesarias para no desfallecer.
Sigamos planificando porque, en realidad, no sabemos cuándo retornará esa vida de encierro y cobijo, y ni tan siquiera si lo hará. Lo que sí sabemos es que el devenir de acontecimientos proseguirá y que nosotros debemos continuar al ritmo que se nos marque, sin miedo y siempre hacia delante. Vivir es el objetivo y, tratar de hacerlo bien, la única meta posible. No perdamos la ilusión por los avances personales porque, aunque hubiera frenazos, volveremos a acelerar.  Vivir raro no es sencillo. Observar las colas en las tiendas, las entradas y salidas señaladas en todos los recintos públicos, los geles ávidos de manos en cada esquina y un sinfín de viandantes escondidos bajo máscaras; no resulta fácil de asumir como normal.
Elevemos nuestro pensamiento para pensar desde fuera. Para ver un poco más allá sin caer en el desánimo, para aprovechar la libertad con moderación y para ser capaces de ver que no hay peor miedo que aquel que se presenta como un desconocido y que, mal que bien, a este enemigo ya lo conocemos y sabemos cómo combatirlo: con cabeza firme e higiene absoluta.

La vida pequeña