LOS SECRETOS

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Acabado el concierto parecía que llevaba grabados cada uno de los pases de baile de Álvaro Urquijo sin apenas soltar su guitarra y siempre pendiente de sus parejas de correrías, o quizá, de baile, o quizá, de ronda. El vuelo de Los Secretos fue tan alto que es justo fotografiar la magia de todas sus versiones, cada cual más carismática, llenas de historia, tristeza y enorme melancolía.
Disfruté como nunca con la exhibición de un grupo insustituible en el pop español. También con el lucimiento de un cantante que ofreció ritmo, alegría y mucho simbolismo en las letras de sus canciones, en las que sigue patente la esencia de su hermano Enrique quien el 99 apareció muerto solo y abandonado en un portal. Es una parte de este grupo y lo seguirá siendo siempre.
Pero la vida pasa y Los Secretos, desde sus inicios, allá por los 80, siguen apasionándonos con unas canciones que nunca mueren. Unos profesionales que hacen de su espectáculo un bello y excitante arte escénico. Aquí no hay miedos. Hay actitud y música de la buena, que comparten con un público que se entregó desde el minuto cero. Era la primera vez que los veía actuar en directo. Conocía sus canciones por sus discos, pero sé que a este grupo que nació de la movida madrileña le sobra clase para regalar.
Tener clase es algo más que acertar con el piano de Jesús. Con la destreza que Juanjo nos demostraba como “bajista”. Y qué decir del hombre que apenas habla, que ni se inmuta ni gesticula, Manuel Arroyo, y su guitarra diabólica. Y Santi, el batería, bondadoso en su esfuerzo con una herramienta que parece estar gafada. Y la voz de Álvaro Urquijo. Estuvo colosal. Su dicción maravilló a los miles de fieles que tuvimos la fortuna de disfrutar en directo de sus canciones. Y, cómo no, magistralmente acompañados por una sinfónica excepcional en su elegancia que nos hace amar aún más la música.  
La noche arrancó con una de sus canciones más simbólicas: “Agárrate a mí, María”. Fue la diosa del concierto y “Gracias por elegirme” puso el broche a la gala en el Palacio de la Opera. A partir de aquí, el show de sus componentes fue bestial. Cada uno a su bola, mostrando sus estilos en un ir y venir que parecía no tener fin. Que se repita.

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