Lo que hay que ver

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Hay insensatos, incluso dentro de mi profesión, que dicen que los periodistas estamos de enhorabuena: no nos faltan noticias para hacer los titulares de los diarios, ni imágenes para los noticiarios de las televisiones. Hace un año, cuando alguien con cánones estéticos muy diferentes tomaba posesión de una vicepresidencia del Gobierno que había sido definido un día como ‘el de las corbatas’, pensamos que ya lo teníamos todo visto. Ignorábamos que acabaríamos viendo a un tipo con cuernos de búfalo sentado en la mesa del presidente del Senado de los Estados Unidos y a un joven partido de la risa esquiando en la Puerta del Sol. Han sido estos doce meses de infarto y pienso que una de las transformaciones más sustanciales que se han operado en nuestro ánimo, con haber sido muchas estas transformaciones, ha sido la de que ya estamos dispuestos a no sorprendernos por nada.

Quién le iba a decir a usted que el Rey que encarnó una Monarquía perfectamente democrática iba a acabar casi exiliado -ya sé que este no es el término legal_en una Monarquía absoluta que no prestigia precisamente la idea de la Corona. O que el hombre más poderoso del mundo iba a comportarse como un colegial malcriado cuando le quitan su juguete: pataleando ante las cámaras de televisión.

Ningún novelista, por imaginativo que fuese, pudo concebir jamás ficción alguna que superase a una realidad como la que hemos conocido en estos tiempos. Por eso yo ahora prefiero libros de relatos periodísticos a situaciones inventadas. Supongo que los próximos meses o años generarán muchas películas y relatos que nos adviertan que están basados en la vida real. Lo digo porque no ganamos para sustos y estamos a siete días de que el que ha sido ese peculiar hombre más poderoso de la tierra deje de serlo, suelte el maletín con el botón nuclear y se lo traspase a alguien obviamente más sensato -tampoco hace falta mucho para ello, la verdad--. Ese traspaso es lo bueno; lo malo es que resta una semana que puede hacerse larguísima en función de que el niño malcriado quiera aguarnos la fiesta de la ansiada normalidad.

Me preocupa la evidente falta de capacidad de sorprendernos que estimo en los medios informativos: nos estamos acostumbrando al constante estallido de cohetes pirotécnicos y eso favorece poco un análisis más profundo de lo que en realidad está pasando. Y lo que está pasando, si se me permite resumirlo en dos palabras, es que el mundo está cambiando, creo que hacia mejor, tras haber mudado en estos meses a mucho peor.

Dicen que una democracia debe ser como la de Suiza: aburrida. Hico prácticas en un periódico de Ginebra y constato que no sabíamos con qué titular algunos días: tal era la falta de noticias sensacionales. Aquí, ahora, ocurre exactamente al revés: tenemos exceso de titulares y de imágenes chocantes. Y eso no puede ser bueno. A ver si se nos marcha el colegial malcriado y con él los hábitos de quienes quisieren emularle en lo esotérico y adquirimos un poco de sana, democrática, rutina. Es lo que yo, periodista hasta la médula, quiero para mí y para ustedes en este 2021 que con tan mal pie ha empezado.

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