Horizonte nublado

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a maniobra de Boris Johnson de suspender durante cinco semanas el Parlamento británico en la recta final del bréxit ha suscitado en aquel país una reacción política, jurídica, ciudadana y mediática sin precedentes. No es la primera vez que así sucede. Pero nunca fue por tanto tiempo ni con intenciones tan obstruccionistas como la presente.
En estas nuestras latitudes el escándalo político por el osado movimiento de Johnson no ha sido menor. No obstante, aquí se olvida de que hay varias formas de desactivar en la práctica la tarrea legislativa observando, eso sí, la legalidad constitucional.  Es lo que han hecho con el Congreso Pedro Sánchez y con el Parlamento regional el presidente catalán, Quim Torra: parálisis efectiva durante el tiempo que les ha convenido.
 Con tales antecedentes, el país afronta el comienzo del  año político en una situación inédita: sin un Gobierno plenamente operativo, con la amenaza de unas nuevas elecciones en el horizonte, con unos Presupuestos generales que podrían prorrogarse por segundo año consecutivo, con el independentismo catalán llamando de nuevo a la confrontación directa con el Estado, y con un panorama exterior en el que sobresalen el riesgo de un bréxit caótico y las tensiones entre Estados Unidos y China.
Pedro Sánchez se ha pasado el mes de agosto aparentando no tener ninguna prisa por terminar con la parálisis política que tiene a los españoles perdiendo la paciencia, a las comunidades autónomas sin dineros y a los inversores reticentes ante tanta incertidumbre. Vuelve con todos los frentes sin resolver. 
Lo grave es que se apresta a comenzar el curso con similar talante: perdiendo el tiempo en reuniones y viajes que no conducen a nada práctico de cara a resolver el bloqueo político y posponiendo los encuentros con los partidos que son quienes en verdad tienen los votos para salir del impasse. 
El averiado pararrayos que representa la vicepresidenta Carmen Calvo se ha escudado en que la política es el arte de administrar los tiempos. Pero los tiempos se van acabando. El jefe del Estado deberá convocar la preceptiva nueva ronda de contactos la semana del próximo 16 como mucho tardar, para así dejar tiempo a que antes de la fecha tope del 23 pueda celebrarse una nueva sesión de investidura. 
Porque eso ya lo dejó claro el Rey tras el intento fallido con Pedro Sánchez: propondrá un nuevo candidato si algún partido le llega con los deberes hechos; esto es, con los apoyos necesarios para que el Congreso de los diputados, en su caso, le otorgue la confianza. 
A lo que no parece dispuesto el monarca es a una designación sin razonables garantías de éxito. Con Sánchez salió chamuscado. Y si se agota el tiempo, nuevas elecciones; las cuartas en menos de cuatro años. Aunque ésta sea una salida que no le guste nada, como también en su día puso de manifiesto.

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