CARNAVAL

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¿Tres días de bullicio, frenesí y alegría para celebrar la entrada de la primavera, el renacimiento de la naturaleza o el año nuevo de antiguas civilizaciones? ¿O conmemorar las saturnales romanas, la vigencia del matriarcado o el poder de la fertilidad, ahora que la pirámide de población quiebra su base? Tal paganismo nos traslada a las fiestas dionisíacas y su desenfreno civil, político y religioso.

¡Cuánto sarcasmo y cuánta estulticia! Basta mirar alrededor y comprobamos los tipos que nos hemos dado: pícaros, sinvergüenzas, amorales. Que viven encaramados sobre los hombros de indefensas víctimas que soportan mil humillaciones. Es la corrupción como protagonistas de un teatro singular. Un corral de comedias universal donde quienes buscan vivir en libertad, de su esfuerzo y trabajo, se encuentran con todas las salidas cerradas por coacciones y normas sociales impuestas por los listillos y aprovechados de siempre.

Sin embargo, estos tres días que preceden al Miércoles de Ceniza conservan rostro hermoso y ruta poética. Nos retrotraen a Orfeo –que con su canto y lira atraía a todo bicho viviente– y Eurídice y su amor más allá de la muerte. Hasta los infiernos. Aunque su impaciencia por verla le impidiese rescatarla... Es el Orfeo negro de aquel extraordinario documental francés mostrándonos el carnaval de Río de Janeiro. Con sus sombras y cuerpos vibrantes y multitudinarios en la bicéfala mañana donde juegan sus cartas Eros y Tánatos, el amor y la muerte, al ritmo de un mar ondulante y multicolor.

Son nuestros disfraces, caretas, comparsas, choqueiros y alter egos que gritan buscando a Momo y lloran plañideros el entierro de la sardina, mientras despachan laconadas, filloas y orejas en amigable compañía. Así el carnaval no es simple desnudez atávica, sino imaginación.

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