LA RESPONSABILIDAD DE LOS POLÍTICOS

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Las personas deben ser responsables; pero no todas las personas tienen o asumen las mismas responsabilidades.
En efecto, hay personas que, libre y voluntariamente, aceptan desempeñar cargos y profesiones con determinadas incompatibilidades para su ejercicio; otras profesiones exigen conductas de comportamiento modélico y ejemplar para la vida social y, finalmente, hay actividades como la de los políticos, que reclaman la máxima integridad y transparencia en sus actos y decisiones.
Es evidente que quien acepta voluntariamente un mayor grado de exigencia en su conducta, asume también, un mayor grado de responsabilidad en caso de su incumplimiento.
Los políticos, a quienes incumbe el deber de servir a la sociedad y regir sus destinos, deben tener una mayor responsabilidad que la de los demás ciudadanos. Este mismo criterio debe aplicarse a las demás vocaciones o profesiones, cuya función ética y social, reclamen una conducta intachable. En virtud de estos principios, resulta inaceptable que cuando esas personas comenten actos censurables, se les disculpe diciendo que son “hombres como los demás”. Esta frase es falsa y perversa. Encierra un gran sofisma, pues no se les niega su naturaleza humana, sino que se les exige el cumplimiento de un compromiso específico de ejemplaridad que eligieron voluntariamente. Su incumplimiento lleva aparejada una doble responsabilidad: la del delito o pecado cometido, según el ámbito donde se produzca y la vulneración del especial compromiso u obligación libremente aceptados.
De acuerdo con lo expuesto y con relación a la responsabilidad de los políticos es inaceptable que no se reconozca que su responsabilidad política es distinta de su eventual responsabilidad penal. La primera hace referencia a su conducta ejemplar y la segunda a su posible conducta delictiva. La primera no puede hacerse depender de la segunda; de lo contrario, sería tanto como sostener que para ser político basta con no ser delincuente. Ser responsable políticamente no es, necesariamente, tener que serlo penalmente. Se puede ser defraudador y no cometer delito fiscal, si el importe de lo defraudado no alcanza la cuantía exigida; pero en ambos casos, el político que lo comete es “defraudador” aunque sólo, en el segundo caso, cometa delito. Igual ocurre con los delitos prescritos y los favorecidos por el indulto. Los primeros no dejan de ser delito; pero no se persiguen. Los segundos siguen siendo delito, pero se les condona la pena. En ese  “plus” de responsabilidad política, reside la grandeza y servidumbre de su función.
Si queremos que la sociedad sea clara y diáfana, el político debe ser fiel espejo que así la refleje y, al mismo tiempo, modelo y arquetipo que invite a aquélla a imitarlo. Ser y parecer deben ir juntos en la vida del político. De esa manera, se evitarán las sombras de duda, sospecha o desconfianza que pesan sobre los políticos.

LA RESPONSABILIDAD DE LOS POLÍTICOS