Los hombres de negro

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Sospecho que el líder de los socialistas es un apasionado del cine clásico. De esas películas en las que los hombres se rigen por códigos de honor y lealtad, parcos en palabras, serio el gesto, rápido el revólver cuando hay que empuñarlo.

Ya sea en el lejano Oeste o en el Chicago de los años veinte. La línea entre el bien y el mal grabada a fuego. Impermeables al veneno del dinero sucio, del poder comprado o robado. Incorruptibles.

Personajes llamados a ser héroes, solos ante el mundo, servidores de la ley por encima de todo. Los hombres de negro, los bautizó Rubalcaba hace unos días. Depositaba en ellos la confianza para mantener la tan proclamada transparencia en el seno de la política.

Proponía que les concediesen atribuciones de guardianes supremos, con permiso para irrumpir por sorpresa en despachos de altos cargos y revolver carpetas y cajones en busca de pruebas de envilecimiento. Ajenos a las protestas de los investigados, al rechazo de dirigentes, capaces quizá de mover oscuros hilos para hacer de su vida un infierno; el suyo es un cometido más elevado.

Una brigada de élite, íntegra y ejemplar. Cuyas actuaciones ocupen portadas de periódicos y acaparen tertulias televisivas en las que todo sean halagos y agradecimiento. Que consigan que el de político no sea oficio para quien pretenda enriquecerse, aprovecharse, saltarse las normas. Vigilantes ideales en un mundo ideal. Y utópico.

Hemos aprendido a desconfiar. Nos lo han enseñado por las malas. No hay poder libre de sospecha a nuestros ojos. Ni los hombres de negro, ni aquellos que los hayan elegido, ni quienes deban ajusticiar a los corruptos merecerán nuestra completa credulidad.

Recelaremos de operaciones que imaginaremos orquestadas por un rival, de pruebas falsas con ánimo difamatorio, de conspiraciones al mejor postor para mantener inmaculada la imagen de unos y hundir a otros. Entenderemos que a mayor poder, mayor podredumbre.

Incluso en el mejor de los casos, ese en el que aceptaríamos que un grupo de justicieros fuese capaz de mantenerse en pie en medio del fango, apostar por el más severo control policial para garantizar la integridad significaría renunciar para siempre a la idea de tener una clase política digna y honorable. Haría que todo el sistema perdiese sentido. Algo que prefiero pensar que solo pasa en las películas.

Los hombres de negro