PISA y la vida real

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Se publica el informe PISA y nos echamos las manos a la cabeza. Cada nueva entrega es una condena a un futuro de carencias. El que dominarán esos chavales de hoy que no comprenden lo que leen, a duras penas enlazan dos frases con sentido y no son nadie sin una calculadora. Esos que, ahora sí que hemos tocado fondo, ni pasan la prueba de desenvolverse en la vida real.
Será por que me resisto a la idea de acabar en manos de semejantes personajes o porque sospecho que se están confundiendo las competencias –los padres educan, los profesores enseñan–, pero me niego a creer los resultados. Revisión de examen. Con tribunal independiente, que el de siempre nos tiene manía.
Es imposible que en la era del 3.0, con niños que manejan una tableta mucho antes de lo que aprenden a coger un lápiz, los mismos quinceañeros para los que el móvil es una extensión de su mano no sepan usar un mp3 o programar el aire acondicionado. No tiene sentido que tengan la suficiente habilidad como para sortear cuantos obstáculos encuentran para descargarse una serie y se paralicen si pierden un tren. Prefiero creer que no han entendido la pregunta. El menor de los males en este panorama desolador.
En esta cruzada contra los tipos que deciden quién es apto y quién no en el universo educativo, la principal denuncia es que se aplique la misma metodología para evaluar sistemas muy diferentes. Como hablarle de yardas a quien lo único que ha visto en la vida es un metro. A partir de ahí, todo parece un poco menos malo. Al margen de que en los institutos pueda haber mucho crío necesitado de abrir un libro. Que lo hay. Lo de responsabilizar de las aptitudes del día a día al profesor de Inglés, por ejemplo, tiene que ser una broma. Si un adolescente no sabe poner la lavadora, la respuesta está en su casa, que es donde le enseñan a uno a ser persona. Al menos antes, cuando a los niños no se les aparcaba delante de la tele para que no molestasen durante la media hora diaria de vida familiar.
Lástima que quien debiera ver así de clara la frontera de las competencias esté cegado por la sumisión. El Gobierno, en su inercia de agachar la cabeza y asentir ante cuanta reprimenda llegue de fuera, no duda en cargar contra los centros. Resulta que la incompetencia cotidiana de los chavales es culpa de que en los planes de estudio se recurre demasiado a la memoria. Y punto. Pero no nos preocupemos, que el ministro Wert llega al rescate. Recortamos en subvenciones para libros y ponemos en cada escuela un aspirador para hacer prácticas. Y con el remanente le pagamos unas cañas a los del PISA. Por la ayuda.

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