En Ferrol seguimos solos

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Dicen que la historia es cíclica y que cada fracción de ella contempla, si no todo lo ya conocido, al menos algo de lo que ya se sabe. Repasando la situación de la comarca de Ferrol en los últimos veinticinco años, la realidad cuestiona qué es lo que realmente ha cambiado, o qué nos diferencia de lo vivido poco más allá de dos décadas antes. Porque las hemerotecas están plagadas de exactamente lo mismo.
Hay matices, por supuesto; planas intermedias en la prensa escrita que hablan de mejores tiempos, de iniciativas de todo corte y perspectiva, de estrambóticos proyectos, de visiones lunáticas –como la que pretendía unir el casco histórico de la ciudad mediante un túnel con la ensenada de A Malata, o la de crear un zoo en el recinto de la Feria de Muestras–, pero sobre todo de inconsistencia. Estamos, al fin y al cabo, como todo pueblo, ciudad o comarca de este país, sujetos a la dependencia política, a los intereses particulares, al querer y no poder o, lo que es peor, a que no nos dejen. Viendo las imágenes que ahora habitan periódicos y webs sobre la realidad de Ferrol, la única diferencia –de nuevo con la vista puesta en un pasado que incluso creímos que se había, de algún modo, superado– la única diferencia son sus protagonistas, aunque algunos de los de antaño –pocos– todavía perduren en las instantáneas de hoy en día. Pero la principal diferencia es el color de las imágenes, el paso de ese blanco y negro, dominado por el tramado de la tecnología al uso entonces, a la policromía y el detalle de lo que hoy vemos. Circunstancia que, sin duda, debería correr paralela a otro tipo de respuesta, al menos lo necesariamente distinta a todas las precedentes, para encontrar explicación y justificación a tamaño despropósito.
Y es que la realidad, veinticinco años después, es la de veinticinco años atrás. Los silencios siguen siendo los mismos, las promesas contienen idénticos ingredientes –en exceso el del incumplimiento– y los hechos son, innegablemente, los que siempre han sido. Es decir, nada. Navantia, antes Izar, antes Bazán, antes Constructora Naval, parece tener forjada una cadena de eslabones tan grandes como los que sujetan las anclas de los buques que construye –o mejor dicho, construía– expresamente forjada para anclar a esta comarca en una repetición constante y continuada de un mismo día.
Como si nada hubiese pasado, como si la política, independientemente de su color, solo girase en torno a promesas que se pierden con el paso de los días y, lo que es más grave, en la indignación. No hay frase más elocuente, más arraigada en esta comarca, como aquella de que, “si no lo veo, no lo creo”, la misma constatada hace ya 25 años, cuando la población de esta ciudad superaba con creces a la actual o cuando los peores datos del desempleo estaban bien lejos del actual 32 por ciento. Seguimos solos

En Ferrol seguimos solos