UN GRAN SALTO PARA LA HUMANIDAD

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Hecha un ovillo en el sofá, con la vista clavada en la pantalla, se me antojaba estar viviendo una versión descafeinada de la llegada del hombre a la Luna. Imaginaba a las familias en blanco y negro reunidas en torno al televisor, mudas de admiración, las manos que se entrelazan para compartir la emoción del momento y al fin la sonrisa triunfal y los aplausos. Muy lejos del tecleo en el portátil comentando los avances de la misión, a medio camino entre el reportero y el opinador; el móvil sonando con mensajes de bromas morbosas; el zapping para hacer más corta la espera. Y la duda de cuál es el objetivo de tal despliegue.

Se abre la puerta de la cápsula y los pies de Felix Baumgartner se asoman a más de 39.000 metros sobre la Tierra. Parece irreal, una película de ciencia ficción. La inmensidad abrumadora y la nave, diminuta, que pende de un globo. Sería uno de esos momentos adecuados para filosofar sobre la insignificancia del hombre, pequeño e ignorante de todo lo que le rodea, si la vida de Baumgartner no estuviese en suspenso. La adrenalina antes que la metafísica. La cámara de la nave va perdiendo su imagen. Ya solo es un punto en la oscuridad, que de pronto comienza a girar sin control. A la familia del austriaco se le encoge el corazón. A los demás, el estómago se nos vuelve de piedra. Unos segundos eternos con el horror asomando a los ojos. Y de nuevo la calma. La luz que se hace silueta. El récord batido. Una bala humana más rápida que el sonido. Cuatro minutos y se abre el paracaídas; no hay récord de caída libre. Una deferencia, dicen, al primero en saltar desde la estratosfera. El capitán de la Fuerza Aérea de Estados Unidos Joseph Kittinger, la voz que acompaña a Baumgartner en la misión, que sigue cada detalle desde la sala de control. Su salto, en 1960, fue un experimento militar que buscaba garantizar la protección de los pilotos de los aviones supersónicos que fuesen derribados en misiones de combate. Qué hacer en caso de tener que escapar del aparato a más de cuarenta mil pies de altura. Entre la estrategia del Ejército de aquel salto al espectáculo de este hay más de medio siglo de avances tecnológicos que parecen no necesitar de los datos que puedan extraerse de la aventura del temerario patrocinado. De nuevo la duda de la utilidad de la proeza más allá de su valor publicitario.

Baumgartner planea elegante sobre el desierto. Un pie en tierra y el fotógrafo que llega a su lado antes que el médico. Lo primero es lo primero. No hay exhibición sin imágenes. Gesto triunfal que se extiende a la sala de control. Todo sonrisas y abrazos, una vez pasado el peligro. Queda abierta la puerta a la industria del salto espacial. Qué lejos queda aquel gran paso para la humanidad.

UN GRAN SALTO PARA LA HUMANIDAD