EL ÁRBOL SAGRADO

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Proponía el presidente estadounidense George W. Bush a principios de siglo un revolucionario método para acabar de una vez por todas con los incendios forestales: talar todos los árboles. Así de sencillo. Pasaba este mandatario por ser un manifiesto zoquete. Eran conocidas sus meteduras de pata y proverbial su (presunta) ignorancia. Cierto que el programa para atajar aquel problema tenía letra pequeña. La que se refería a los métodos tradicionales para prevenir o controlar el fuego. Además había quien criticaba la preservación a ultranza de los espacios naturales que no tenía en cuenta los procesos de creación-destrucción-renovación que se dan en la propia naturaleza. Matices. Pero lo que quedó para la historia fue el disparate. Ante aquel crochet al sentido común hubo división de opiniones. En general se puso el grito en el cielo, pero hubo quien aplaudió la propuesta. La industria maderera y el sector inmobiliario sacaron el confeti y los matasuegras. Era de esperar. Y aunque parece que el asunto no pasó a mayores la idea quedó ahí a la espera de ser puesta en práctica algún día.
Nada que ver con el cuidado y mimo con el que a este lado del Atlántico se dispensa a la foresta. Los bosques crecen, se multiplican y se cuidan con ternura. Se planta con brío. Miles de árboles. Millones de árboles. El fuego no ha sido capaz de doblegar la voluntad del gallego y sus administraciones locales y autonómicas en su frenesí arbóreo. Arrasado un monte por las llamas, crecerán de nuevo por la determinación de nuestros paisanos. Plantados en filas, muy ordenados, de veinte, de cincuenta, de cien o de quinientos en fondo, los eucaliptos se estirarán hacia el cielo y en poco tiempo lucirán hermosos esperando convertirse en madera o en pasta de papel, digno final para esa noble y sacralizada especie. Riqueza, en definitiva. Que nada impida su progreso. Carballeiras, soutos, fragas y piñeirales –importuno freno al desarrollo de Galicia–... al suelo con ellos. La motosierra ha de ser la espada justiciera que defienda el vigoroso avance del rentable eucalipto frente a esas infructuosas especies autóctonas. Galicia ha sido forrada con él. Que nada lo obstaculice. Todo esfuerzo es poco. La Xunta pone medios y energía. Lo fomenta al tiempo que con calculada indiferencia permite voraces e indiscriminadas talas de inútiles y molestas arboledas indígenas. Mira para otro lado cuando algún propietario decide sustituirlas con eucaliptales, incluso donde existe prohibición expresa de la propia administración de hacerlo, y hace oídos sordos a las denuncias por ello. O se aplica para contener la apocalíptica plaga del gorgojo del eucalipto, fumigando eficaces pesticidas que de paso liquidan a las abejas... (que les den por el saco, no sirven para nada, son molestas, zumban y además pican). Agradezcamos a fray Rosendo Salvado su visionario empeño al introducir el eucalipto en Galicia, dando gracias al Cielo por que en su viaje a los antípodas no hubiese sido merendado por tylacinos furiosos y hambrientos, privándonos de esa fuente inagotable de riqueza. Nuestro petróleo.

EL ÁRBOL SAGRADO