Verano otoñal

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La Coruña goza clima privilegiado. A veces llueve, pero esas cuatro gotas de nada compensan sobradamente no padecer temperaturas torridas o fríos glaciales. Además, muchas jornadas, se nos cuelan por el refajo tiempos de bonanza escritos con sol limpio, ambiente confortable y brisas que rezuman sabor a mar. Comprueben estos días las bofetadas recibidas por el litoral mediterráneo –ciclogénesis al canto y fuerte aparato eléctrico– y las caricias de buen tiempo dispensado a Galicia. Repito sol consolador, sencillo, delicado. Que no pesa ni aprieta con rayos ultravioletas, sin bochornos ni termómetros agobiantes.
Es la felicidad aceptada como compromiso colectivo. Sin reservas ni oscuridades. Quizá aquella nogrura invisible de Rabindranath Tagore para encontrar polvo de estrellas sobre el firmamento coruñés iluminando la Torre de Hércules. Vivimos la estación de los frutos maduros, los bosques ocres, los chasquidos de alfombras de hojas acumuladas al paso. 
Un rinconcito íntimo de amor y entrega... Aunque en las duchas pIayeras –castigadas por las mareas vivas– no se compruebe al testimonio de una escoba retirando piedras, conchas y arenas. O en parques infantiles –verbigracia plaza de Vigo– no funcionen las fuentes para que los chavales beban y laven las manos. Por no hablar de la exhalación que nos sobresalta con automóviles, bicicletas y patines atacando sistemáticamente el indefenso peatón.
Calor otoñal para resarcirnos de un agosto particularmente duro por estos pagos. Excesivamente breve. Sin ambargo a nosotros nos hace felices pues el hombre dichoso no tenía camisa y así disfrutamos ciudad, arenales y agua transparente, plácida y tonificadora. Es partitura infinita donde las solanas mediterráneas han sido vencidas no porque sean ciertas, sino por haberlas superado nuestro verano otoñal. 

Verano otoñal