Nimiedad

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No puede dudarse de todo porque sino tiraríamos al suelo el sentido común. Vivimos tanto de prestado, nos creemos tan fuertes que cuando la realidad nos visita echamos cien cerrojos inútiles a la puerta de la salud. Más que enfermedades, que por supuesto nos tiranizan, hay enfermos con sus peculiares incidencias y relaciones. Cada uno según los males suyos. Cada uno según reacciones propias imposibles de determinar. Por ello el viejo adagio popular –un médico cura, dos dudan y tres, sepultura– ha sido sustituido en el siglo XXI por la medicina científica, los grandes avances quirúrgicos y la prevención hospitalaria.
Sin embargo, tristemente, el hombre sigue muriéndose. Es mortal y lleva fecha de caducidad ineludible, pues sería cruel mantenerlo inmortal con todos los dones naturales mientras cuanto le rodea rompe en mil pedazos. Aquí la cuestión debate problemas físicos y mentales. Salud a prueba de bomba o situación donde asaltan sentimientos, emociones e ideas provocadas por la misma dolencia.
Ya Tácito reconocía en su tiempo que los remedios para sanar son más lentos que los males. Disquisiciones por donde nos extraviamos cuando cualquier perturbación llama a la puerta. “Saludable es al enfermo la alegre cara del que lo visita” (Fernando de Rojas).
Sin quejarnos de nada, siempre hay detrás sabios más míseros que nosotros, el hecho es que me aguarda un quirófano para hacerme según se mire, una nimiedad; simple bodoque o punto de cruz. Y tanto el brujo como la hechicera de la tribu poseen los títulos académicos oficiales que los acreditan para ejercer la profesión y sus currículos están contrastados... Escucharé sus fórmulas cabalísticas y rituales prácticos. Por eso espero salir del trance y continuar dándoles la lata recordando a Quevedo: “La posesión de la salud es como la de la hacienda, que se goza gastándola, y si no se gasta, no se goza”.

Nimiedad