El que algo quiere, algo le cuesta

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Es indudable que le damos más valor a lo que conseguimos con esfuerzo, trabajo y sacrificio que a lo que recibimos, por suerte, azar o liberalidad. Esto nos indica que, normalmente, ningún trabajo es estéril ni ningún sacrificio inútil o baldío; pero esa idea no es incompatible con los dos grandes principios básicos del hedonismo, que son la ley del mínimo esfuerzo y la de que quien se obliga, se obliga a lo menos posible.

Admitido lo anterior, la vida social de las personas es impensable sin que en ella predomine la que, podríamos llamar, ley de la contraprestación. Sin contraprestación o intercambio, la vida social sería imposible, pues no se puede dar sin recibir, ni a la inversa, recibir sin dar.

Por esa razón, cuando los economistas distinguen el “valor en uso” del “valor en cambio”, la reflexión nos dice que el primero no tendría sentido ni posibilidad de existir, si no fuera por el segundo.

Si las mercancías sólo sirvieran para uso, disfrute y consumo de sus titulares y no pudiesen intercambiarse o careciesen de poder adquisitivo, la convivencia sería imposible.

La necesidad de la contraprestación fue, precisamente, la que dio nacimiento al dinero o a la moneda, que se definen como “una mercancía intermediaria destinada a facilitar el cambio entre otras dos mercancías”.

Tampoco el dinero, como tal, puede ser un fin en sí mismo, pues esa fue la tragedia del rey Midas de la mitología griega, que murió pobre porque se le convertía en oro todo lo que tocaba.

Si un bien no es intercambiable o no tiene poder adquisitivo y capacidad de compra, carece de valor. Por eso, cuando Ortega dice que “la vida es como las monedas, su uso es su consumo”, olvida que la principal finalidad de la moneda no es su consumo sino servir para el intercambio y la contraprestación.

En definitiva, el dinero no vale por lo que es sino por lo que representa como medio de adquirir. Eso explica la existencia, no del papel moneda, sino de la moneda de papel, incluso de plástico, cuyo nulo valor intrínseco queda compensado por la confianza de que puede, instantáneamente y al contado, ser convertido en otros bienes.

Precisamente, la confianza en que la literalidad del papel pueda hacerse efectiva en la realidad dio origen a la institución del crédito que, unida a la necesidad del intercambio, son la base y el estímulo para el desarrollo económico de toda sociedad.

Excusado es decir que, en la vida como en la economía, el interés consiste, no sólo en recibir más de lo que se da, sino en que lo recibido nos sea más útil y necesario.

Dicho lo anterior, no puede olvidarse que la economía existe porque las necesidades exceden a los recursos disponibles.

El que algo quiere, algo le cuesta