No siempre será domingo

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me asomo a la ventana. La calle está muerta, solo la salvan unos anhelados rayos de sol que me saben a muy poco. Nunca me fijé tanto en las losetas de piedra que componen, como si de un tablero de ajedrez se tratase, el pavimento que dirige hacia mi casa… O, quizás, debería decir hacia mi encierro, hogar o puede que hasta mi salvación.
No puedo pasear. Creo que tampoco quiero. Al menos no sola. Me doy cuenta de que lo único que verdaderamente me importa es la gente. Esa gente que yo también soy y  cuya compañía ahora me sabe a poco. Me pregunto si mis seres queridos serán más ocurrentes que yo y matarán mejor su tiempo. También me preocupa pensar que, a lo mejor, soy yo la única que se come tanto el tarro. Es el problema de ser escritora. Todo se analiza y, donde no llegan los datos, lo hace una imaginación favorable o traicionera según las condiciones externas.
Nunca me han gustado los domingos. Miento. No me gustaban los domingos cuando los comparaba con los sábados, cuando todo cerraba y todo parecía muerto… Pero ahora esa gente que ya no veo y yo, vivimos en un domingo perenne. No sé dónde están. No sé dónde está nadie. No puedo mirarles, tocarles ni verles. A lo mejor están tan preocupados como yo o simplemente le dan menos vueltas a una cabeza que, a veces, me gustaría apagar. 
De pronto, me alegra oír la música del vecino. Antes la detestaba. Al menos sé que está tan vivo como lo estoy yo, aunque mi sistema existencial se haya derrumbado de la noche a la mañana. Ojalá los vecinos pudiesen visitarme. O yo a ellos. Me encantaría organizar una comida en casa con todos aquellos a los que quiero. Añoro los gritos y el bullicio que se van disipando a medida que el confinamiento se alarga. 
Enciendo la televisión. Más noticias sobre la maldita pandemia que ha parado nuestras risas, los abrazos y la compañía. De pronto pienso en mi vulnerabilidad y, de paso, en la de todos. Lo normal es anormal ahora, por mucho que los anuncios sean los mismos que antes y continúen augurando tiempos mejores. Pero ahora estamos parados en domingo, aunque todo apunte a que volverán los sábados. Habrá que celebrarlo cuando suceda.
Haré una fiesta, o quizás dos. Sobre todo si el terremoto no arrasa mi casa ni a ninguno de los míos. Confío en que así sea. Espero que esta corona que debía apellidarse de espinas, se vaya para no volver tras enseñarnos a ser y no a tener. Tras hacer de espejo de nuestra propia fragilidad. Tras darnos una lección de humildad inolvidable que nos recuerde siempre que, ante la adversidad, todos somos iguales y- en la vida en general- nadie es más que nadie. A la vista está.

No siempre será domingo