Maestro de creyentes y agnósticos

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El “pastor alemán”, el “teólogo de hierro”, el “ultraconservador” Joseph Ratzinger, que con tantas prevenciones fue recibido cuando hace casi ocho años accedió al solio pontificio, se va en unos días. Y se va deshaciendo uno más de los muchos tópicos que sobre él se habían vertido. Se va rompiendo una tradición milenaria según la cual los Papas no dimitían y abriendo una alternativa que será normal a partir de ahora. Se va con sencillez, sin hacer más ruido que el inevitable. Como un “simple y humilde trabajador de la viña del Señor”. Pero también como un hombre de casi 86 años que se somete a las leyes de la naturaleza y que reconoce su falta de fuerzas para continuar y “debidamente administrar” la labor encomendada.

En su breve declaración de renuncia Benedicto XVI se refirió al vigor necesario “tanto del cuerpo como del espíritu” para gobernar la barca de San Pedro y anunciar el Evangelio. Pero tengo para mí que sobre la histórica decisión del Papa Ratzinger han pesado tanto o más las causas psíquicas y psicológicas que las puramente físicas o de salud. A un hombre de Iglesia con tan largos y leales servicios a la misma tienen que haberle producido enorme dolor varios golpes morales sufridos, difíciles de encajar. Entre ellos, la perversión del Evangelio en los casos de pederastia y la traición de la confianza por colaborador muy cercano, con la filtración de documentos confidenciales. Amén de las turbulencias internas de la Curia vaticana que, según se dice, existen.

No es hora aún de balances. La Historia y el tiempo pondrán en su debido sitio y en su debida dimensión este mandato que concluye dentro de unos días. Cierto es que no fue fácil suceder a ese “gran Papa” que fue Juan Pablo II. Joseph Ratzinger era y es muy distinto. Fundamentalmente era y es un intelectual, un profesor universitario, un investigador de la Biblia y de los grandes textos fundacionales de la Iglesia; una estrella de la teología católica ya desde los tiempos del Vaticano II.

La Historia, como digo, dará con el tiempo la verdadera dimensión de su Pontificado. Pero yo me quedaría con su magisterio. Enorme magisterio: encíclicas, libros, homilías, catequesis en las audiencias semanales, documentos sinodales, discursos y clases profesorales.

Discursos memorables como los pronunciados en el Reichstag alemán y en el Parlamento británico ante la sociedad civil y política de ambos países. Y lecciones magistrales como las recordadas en las Universidades de Ratisbona, de la Sapienza en Roma y de los Bernardinos en París.

Ha sido –para mí– el Papa que mejor ha sabido hablarle al mundo de su tiempo, tanto creyente como agnóstico, en un lenguaje de modernidad para uno y otro entendible. Un mundo, además, donde ya nada o casi nada es sagrado, pero que ha sabido escucharle interesado, con credibilidad y con respeto. A ese mundo moderno ha querido llevarle un mensaje básico y esperanzador: la compatibilidad y complementariedad entre razón y fé. Pocos papas lo han sostenido con tanto empeño. Y con tanto acierto.

Maestro de creyentes y agnósticos