Ópera-Réquiem

|

Todo o nada puede ocurrir en el oído de los presentes cuando una obra del calado mediático de la “Misa de Réquiem” de Verdi se encuentra en escena. Los esfuerzos y ensayos del coro, cantantes y director quedan a merced del encaje que, en su fuero interno, resuelva hacer el público, ya que, durante la hora y media de duración de esta obra, se suceden muy diferentes sensaciones auditivas. A veces dramatismo y recogimiento y otras alegría de corte más popular; por momentos, hastío. Estamos así, en el medio de una de las grandes misas de difuntos en la que su autor no sabe renunciar a su especialización en el oficio, traduciéndose ello en tinta vertida de su pluma en diferentes direcciones y con resultados diversos. 
Para muchos pueda ser esta la clave de su éxito, pero a los más puristas pueden perfectamente perseguirles en el oído ciertas reminiscencias frívolas en el asunto musical que nos compete. No nos referimos a la traslación más o menos literal de la liturgia al papel, y sí a aspectos internos de la propia obra, ejemplo sonoro de que no sólo la forma es importante en música, si no cada uno de sus pequeños detalles que tienen relación con la trama musical: densidad y complejidad armónica, giros melódicos, ritmo, verticalidad u horizontalidad, y un sinfín de particularidades que caminan de la mano del “modus” compositivo del autor, o lo que es lo mismo, la imagen de su firma. 
Así como no podemos olvidar su Otello, o Falstaff, tampoco lo podemos hacer con otras muchas extraordinarias misas de difuntos -no necesariamente de infantes- que están por derecho propio entre los réquiems de catálogo.
Intervinieron como solistas Ekaterina Metlova, Dolora Zajick, Luis-Ottavio Faria, y José Bros, y el Coro y Orquesta Sinfónica de Galicia dirigidos por su director titular, Dima Slobodeniouk. 
Recordamos a Metlova años atrás, buena cantante, con cierta inclinación hacia la saturación de su oído en las concertaciones, pero con una gran voz y estilo; Zajick exhibió un timbre extraordinario y una buena colocación en momentos delicados; Bros dejó patente una gran técnica en su actuación, con un timbre ciertamente de color “abierto”; Faria también tuvo sobre la alfombra de Palacio grandes momentos en el pasado, y este viernes la profundidad de su voz volvió a hacerse hueco en la sala. El coro de la OSG tuvo ocasiones de clara expresividad -Réquiem- y algunos más complicados, pero con un resultado ciertamente sobresaliente. La Orquesta, muy bien dirigida, logró plasmar su potencial ayudado por la batuta de Dima que, con grandes momentos de fraseo, en su interpretación brilló el gusto y la expresividad. Gran versión de una obra peculiar.

Ópera-Réquiem