Supermario

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Mario Draghi no tiene twiter ni, de momento, portavoz. Acostumbra a expresarse a través de comunicados oficiales. En todo caso, cuando comparece a informar ante los medios lo hace personal y directamente. Hasta ahora ha funcionado así desde la presidencia del Banco Central Europeo y está por ver si podrá mantener tal formato desde la alta magistratura, más política que técnica, del Consejo de ministros de Italia para la cual acaba de ser investido por las dos Cámaras legislativas. Es el sexto primer ministro que desde 2008 llega al Palacio Chigi sin haber pasado por las urnas.


En un país acostumbrado al ruido político, cronistas de allá y acá estaban días de atrás más que perdidos ante la falta de información sobre el Gobierno que “Supermario”, como le llaman, se aprestaba a formar después del encargo hecho en tal sentido por el presidente Mattarella. Estaba trabajando en solitario y hasta se encerró para llamar personalmente a los futuros titulares ministeriales.


Al final alumbró y dio a conocer los nombres –nada menos que 23, de los cuales sólo ocho mujeres– de un Ejecutivo de perfil híbrido y de unidad nacional integrado por tecnócratas –ocho– y por políticos –quince- de hasta seis partidos diferentes y con ideologías totalmente opuestas.


Destacaban hombres muy próximos a él, de extraordinario perfil técnico para ocupar los Ministerios económicos. Habrán de ser clave a la hora de proponer las ineludibles reformas y gestionar los esperados 209.000 millones de euros de los fondos europeos.


A nadie se le escapa que si a su antecesor Giuseppe Conte le costó poner inicialmente de acuerdo a cuatro partidos, la misión de Draghi de aglutinar –y contentar– a la gran mayoría del arco parlamentario italiano que lo ha apoyado, parece titánica.


Matarella le había solicitado un gobierno de unidad nacional para gestionar la crisis sanitaria, social y económica del país. Draghi ha cumplido su parte. Falta por ver si en esta ocasión los políticos lograrán gestionar la convivencia. En todo caso, su investidura ha sido recibida con alivio: evita nuevas e inoportunas elecciones en estos tiempos de pandemia y pone fin a dos largos meses de incertidumbre política e institucional.


España, ciertamente, no es Italia. Pero una y otra padecen un sistema donde hoy dominan las mayorías heterogéneas e inestables, Por eso más de una tribuna se ha preguntado estos días si en nuestro país sería posible y conveniente el recurso a la fórmula italiana de un Gobierno tecnocrático y políticamente neutro propuesto por el jefe del Estado sin haber pasado por las urnas.


La respuesta ha sido negativa. Al Rey Felipe la izquierda política y mediática se lo hubiera puesto impracticable. Pero, además, es que no tenemos un súper Mario; un hombre del prestigio, autoridad moral y solvencia como la del ex presidente del BCE. Ni hoy por hoy un Gobierno del más alto nivel.

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