El amuleto

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La izquierda, y no solo la española, pues la creencia es endémica, considera, dada su pretensión de absoluta superioridad moral, que basta con aplicar el talismán de fascista, extrema derecha o similar para que lo señalado quede fulminado y las gentes huyan despavoridas. Pero lo que sucede, y de manera creciente, es lo que pasa con los amuletos y los sambenitos. Que no valen como remedio y cada vez les importa menos al personal. A las pruebas y a los votos me remito. En los pueblos “rojos” de Andalucía o en los barrios obreros de París.

Lo que no se dan cuenta los autoproclamados depositarios de la verdad y la bondad es que sus consignas y proclamas chocan cada vez más con la realidad. Instalados en sus pedestales, dando de continuo lecciones de lo que se debe y lo que no se puede hacer, instalados en sus correcciones políticas y sus ansias prohibicionistas cada vez hacen menos mella y provocan mayor rechazo. La gente hace lo que le da la real gana de hacer y vota en función de su sentir, su pensar y su interés. Y a los del sambenito de diabólico fascista y el amuleto de santo antifascita con que se nimban se les queda careto de funeral y cabreo de cuidado. ¿Pero como les ha podido hacer el pueblo esto a ellos? Pues muy sencillo porque el pueblo los considera con muy fundadas razones que de pueblo lo que tienen es más que nada palabrería y apropiación indebida.

Vamos que el pueblo cuando ve una tropa de niñatos que no le han dado palo al agua en su vida, gritando enfadadísimos “Viva la lucha de la clase obrera” les entra no ya la risa sino el mosqueo.

La reacción de sanchismo y los podemitas ha sido ilustrativa. Un especie de caza de brujas para identificar a los traidores, a los que han caído al lado oscuro de la fuerza. Por supuesto ni siquiera se les ha pasado por la cabeza ponerse a meditar si son ellos, ¿cómo van a serlo si son por siempre y para siempre los “buenos”? responsables de lo sucedido. Con sacar el gri-gri y ponérselo al cuello como aquellos amuletos que desviaban las balas o protegían de flechas, miasmas o males, asunto resuelto. Y pasa lo que pasa cuando llega el estacazo. Que no hay talismán que valga.

Pero no escarmientan. Parece que la pretensión y autocomplacencia de la izquierda está en su propio ADN. Va indisolublemente unido a su vanidad completa y a suponer su doctrina como la única religión verdadera. Pues nada, machotes, a seguir con el mantra. Que el personal, cuanto más continúe la murga, menos caso va hacer a la monserga.

El amuleto