Por los huesos de Franco

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Coordinación y firmeza de paso no son las principales virtudes en las decisiones del Gobierno. Como los malos jugadores de ajedrez movió pieza sin haber pensado los dos o tres siguientes movimientos según la respuesta del adversario. El resultado es que, tras el viaje vaticano de la vicepresidenta, Carmen Calvo, el asunto de los huesos de Franco se aleja del drama y se acerca cada vez más a la comedia.
Moncloa decidió la exhumación del cadáver para desactivar la fuerza simbólica del Valle de los Caídos como un monumento que conmemora la victoria de media España sobre la otra media. “Ninguna democracia puede permitirse un monumento a mayor gloria de un dictador”, había dicho el presidente Sánchez. Lógico, razonable, justo. Pero cometió el error de decidir la exhumación sin haber pensado en la re-inhumación.
No es que dejara de plantearselo. ¿Dónde? Pues donde quiera la familia. Y la familia lo tuvo claro desde el principio: en el espacio religioso adquirido en su día en la cripta de la madrileña catedral de la Almudena, lindante con el palacio Real. Lo digo reparando en la evocadora metáfora de la histórica complicidad del poder temporal y el poder espiritual.
Ah, no, en la Almudena de ninguna manera, respondió Moncloa, al entender que sería regalar un espacio en el centro de Madrid al ensalzamiento del dictador. Cierto. Sin embargo, podría alegarse que es algo atrevido y poco racional procesar las intenciones de sus seguidores. ¿Tantos son, cuarenta y tres años después de la muerte de aquel jefe del Estado?
El discurso oficial no entra a ese trapo. Nadie dice que sean muchos o pocos los potenciales seguidores. Pero es evidente el miedo a convertir esa catedral en lugar de peregrinación que reavive las inclinaciones neofascistas de algunos sectores de la sociedad. De modo que el Gobierno se ha plantado para impedir como sea que Franco acabe enterrado allí. Invoca el mandato de la Ley de Memoria Histórica y una resolución del Parlamento Europeo, apoyada incluso por el PP, que compromete a los gobiernos contra cualquier forma de enaltecimiento del fascismo o la memoria de los dictadores.
¿Qué hacer, entonces? Busquemos un lugar donde no se puedan producir manifestaciones de apología franquista. Lo dice Carmen Calvo después de verse con Pietro Parolin, número dos del Estado Vaticano, que no dijo ni sí ni no, sino todo lo contrario, sobre la posibilidad de negarle a la familia de Franco su derecho adquirido en la cripta de la catedral madrileña.
Tampoco es muy racional suponer que si se encuentra otro lugar, lejos de ese marco incomparable, van a desaparecer de la noche a la mañana los fervores y con las ganas de viajar de los seguidores de Franco. Pero ahí seguimos, entre el drama y la comedia de un asunto que se ha enredado innecesariamente.

Por los huesos de Franco