AGOSTO

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Superando a los de la revolución pendiente, a los que conmemoran la masacre de los tanques rusos –agosto de 1968– aplastando a Rumanía, a los que se identifican con terroristas como el Che Guevara y le alzan un monumento en Oleiros, a los que buscan hoy destrozar la convivencia de libertad y sepultarnos en el cero infinito, evocamos la idiosincrasia cantada por Ángel Saavedra acerca del castellano leal que, obligado por el emperador Carlos I a recibir en su palacio de Benavente al traidor a su patria gala el duque de Borbón, no dudó, conforme abandonó sus muros familiares, en incendiar el inmueble para purificarlo.
No obstante, tales recordatorios y planteamientos, el pueblo coruñés marcha a su aire. Lares explosivos de belleza y satisfacciones. Disfrutando rosados amaneceres y cálidos ocasos violetas. Luchando por sobrevivir en tiempo de alegrías vacacionales. Con largos adioses –¡qué te vaya bonito!– mientras la industria hostelera se congratula al alcanzar ocupación total de plazas en este mes y contempla atónita la corporación municipal, cruzada de brazos, sin dar golpe, abandonando la resolución de asuntos perentorios que no admiten dilación, siempre postergada por enfrentamientos dialécticos con otras instituciones. De esa manera deja la casa sin barrer principal compromiso contraído en las urnas. 
Y es que no pueden mezclarse aceite y agua, churras con merinas, gaseosa con explosivos, vino con etílico. Buenismos morales increíbles donde radicales que han pactado con partidos moderados ahora se apuntan a otras siglas más a la siniestra, acoso antisemita y mordaza casuística al artista Matisyabu en Castellón. Desde otra perspectiva, la represión chavista de Maduro, allende Venezuela, encarcelando a candidatos de la oposición por “salvaguardar” sus vidas amenazadas o los separatistas artificiales de España –Cataluña, País Vasco y Galicia– que no sólo quieren abandonar el país sino conquistar otras autonomías. 

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