“Nuestra experiencia fue lo que evitó una desgracia. Este mar no admite bromas”

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Los hermanos madrileños Enrique y Juan Ignacio Egea que se vieron implicados en el naufragio del domingo todavía se están felicitando porque el incidente se saldara sin víctimas. Habían salido al mar para practicar su deporte favorito, la vela, y terminaron participando en un rescate que se complicó y en  el que intervino hasta el helicóptero de Salvamento marítimo después de que una embarcación embarrancara en el dique de abrigo. “Nuestra experiencia fue lo que evitó una desgracia –comenta Egea– pero el trato que recibimos de Salvamento Marítimo fue espectacular. Acudieron inmediatamente”.
Los dos tienen mucha experiencia en vela, en la modalidad “flying dutchman” y veranean en Mera desde hace veinte años, porque sus mujeres son coruñesas y tienen familia en esa localidad. “Nos conocemos estas aguas muy bien, y salimos bastante a entrenar. Nos estamos preparando para el mundial que se va a celebrar en Alemania”, explican.
El domingo, el tiempo estaba “fenomenal, fantástico”. El viento soplaba con fuerza 4, ideal para el deporte de vela, y los Egea estaban disfrutando mucho de la jornada cuando descubrieron que un láser (barco de una vela) tenía problemas. “Vimos que estaba cerca del dique de abrigo, y como le conocíamos de la playa, nos acercamos”, recuerdan. El tripulante del otro barco les explicó que se le había roto la orza, la aleta que se encuentra en el casco del barco, con lo que no podía virar.
Así que le dieron una serie de indicaciones para que virara y diera la vuelta. “No te preocupes, que nosotros te acompañamos hasta Mera”, le animaron. Pero pronto se complicó la situación, porque el hombre se encontraba muy fatigado después de luchar en su barco averiado contra el mar. Además, Enrique Egea señala que tampoco es que fuera muy bien equipado para enfrentarse a las inclemencias del tiempo. Ellos si iban bien pertrechados, con neopreno y chalecos salvavidas, pero él no, y llevaban avanzados cuatrocientos o quinientos metros cuando confesó que no podía más: estaba muy cansado y no podía seguir pilotando el barco. 
Entonces Juan Ignacio decidió echarse el agua y pilotar el barco para que el individuo se subiera al “flying dutchman”, con Enrique, puesto que es un barco de dos plazas. Pero este plan tan sencillo tan poco se pudo llevar a cabo porque el navegante se encontraba tan cansado que, aunque se echó al agua, no pudo nadar hasta el barco de los Egea. “Ni llegó a acercarse, se quedó a tres metros porque estaba muy agotado”, recuerdan. Así que todo quedó a medio hacer, según Enrique: “Me quedé solo en el barco, y mi hermano en el láser, y este señor flotando”. A pesar de todo, la situación no era muy grave. “No hacía un excesivo viento, porque uno de fuerza 4, para estos barcos ligeros de vela, es un gran viento para navegar”, explican. 
 
Vuelco
Aquí es donde intervino el hijo de Juan Ignacio, que estaba navegando cerca, a bordo de otro láser, y al que le dijeron que se fuera a navegar a Mera y pidiera socorro, mientras ellos llamaban al 112. Y en ese momento, todo se complicó: el “flying dutchman” volcó. “No podía ponerlo de pie yo solo, porque daba muchos volquetazos”, recuerda Enrique Egea, que necesitaba otra persona para poder enderezar la embarcación. 
Durante una hora luchó para conseguir poner el barco sobre el casco, pero sin resultado. “Tuve un poco de miedo porque empecé a enfilar hacia el dique de abrigo, así que manejé el barco para que, incluso volcado, pudiera superarlo”, explica Egea, que asegura que otra persona hubiera empotrado la embarcación contra el obstáculo. Él tenía muy claro que, llegado el momento, podría tener que abandonar el barco, pero no le preocupaba. 
El aire soplaba del nordeste, del faro de Mera hasta Santa Cristina, así que salvado el dique de abrigo habría acabado en esa zona si se dejaba llevar. Pero aparecieron de inmediato los efectivos del SOS y el helicóptero. “Se me acercaron en la lancha que tienen y me preguntaron si estaba bien y yo les dije que sí y les indiqué donde estaba la otra persona que sabían que estaba en el agua”, explica. Se lo indicó por señas y mientras la Salvamar Myrfak se encargaba de rescatar al náufrago, el helicóptero se acercaba a las rocas del dique para salvar a su hermano.  Porque Juan Ignacio seguía en el láser, y como sabía que era inútil tratar de enderezar el rumbo de esa embarcación dañada, había prefirido no luchar contra el viento. “Estuvo esperando hasta que no pudo más, y vio que el barco se iba a las rocas. Entonces se echó al agua”, recuerda su hermano.
 El hijo de éste, el joven que navegaba en la otra embarcación regresó de Mera y ayudó a su tío a enderezar el flying dutchman, y pusieron rumbo a puerto sin más problema. “Fue muy complejo, pero gracias a nuestra experiencia no hubo desgracias. Este mar yo me lo conozco y no admite bromas”, reconocen.

“Nuestra experiencia fue lo que evitó una desgracia. Este mar no admite bromas”