La ciudad registra una media de veinte viviendas ocupadas de forma ilegal

el colegio de las oblatas, también conocido como santa gema, es un edificio “okupado” quintana
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Uno de los aspectos más importantes de la crisis es los efectos que provoca en un bien tan básico como la vivienda y que puede llevar a la usurpación. Es un fenómeno complejo, en el que las estadísticas deben matizarse, pero se tienen contabilizados por lo menos 19 delitos de usurpación en el primer cuatrimestre de este año, un número que apenas ha aumentado en el tiempo y que va desde verdaderos casos de “okupas” a simples conflictos vecinales por la plaza de un aparcamiento.
En el mismo lapso de tiempo del año pasado se contabilizaron 18 casos de este tipo pero hay que tener en cuenta que, muy a menudo, estos comportamientos se prolongan en el tiempo. “Todo el mundo sabe lo difícil que es conseguir una orden judicial para efectuar un desalojo. Se tardan años y años”, explican estas mismas fuentes, que señalan que el caso de la vivienda de A Silva fue excepcional, un “éxito” para la Policía Nacional y el juzgado que se ocupó del caso de las familias gitanas de Penamoa que se atrincheraron en un bloque de pisos de la avenida de Finisterre cuya construcción se había paralizado.
En algo menos de un mes, los efectivos del Grupo Operativo Especial de Seguridad (GOES) derribaban las puertas una por una para constatar que ya no quedaba nadie en el inmueble. “Eso es en lo que se fija la gente, pero es la parte fácil, lo difícil se hace en el juzgado”, apuntaron.
El paradigma es más bien la Casa de As Atochas, de la que en abril se cumplieron dos años de  su desalojo y posterior derribo. Allí, el proceso se prolongó mucho tiempo, de manera que, durante tres años, los jóvenes antisistema pudieron convertir la casa en el epicentro social del barrio, que organizaba talleres gratuitos y conciertos de música alternativa. Estos mismos jóvenes fueron los primeros en ocupar el inmueble de la calle de A Silva, un año después, para volver a levantar allí su centro social. Actualmente llevan un año y medio en el antiguo internado de las Oblatas del Santísimo Redentor, un antiguo colegio privado que llevaba años cerrado, y que recientemente fue vendido por Novagalicia Banco a un empresario de Sada, que lo compró por un millón y medio de euros con la intención de convertirlo en un geriátrico.

tres clases
En realidad, en el fenómeno “okupa” se detectan tres clases muy diferenciadas: el fenómeno masivo, como el que se vivió en los dos casos antes citados, y el que afecta a parejas o individuos aislados, como es el caso de la calle de Vista, en uno de cuyos edificios reside desde hace tiempo una pareja de okupas. “En todo caso, en estas estadísticas no se reflejan los casos de personas que no pueden pagar el alquiler o la hipoteca, que se resuelve por vía civil”, advierten estas mismas fuentes.
La tercera clase de okupa, el que se mueve a caballo entre los antisistemas y el okupa solitario, simpatiza con el movimiento alternativo, pero delinque, sobre todo, por la necesidad de una vivienda.

La ciudad registra una media de veinte viviendas ocupadas de forma ilegal