Reportaje | La Real Mantelería y otros telares instalados en la ciudad en el siglo XVIII

Mural del puerto de A Coruña situado en la plaza de Ourense | quintana
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Entre los numerosos industriales asentados en la ciudad coruñesa hallamos a José Coderq Pérez, natural de A Coruña, y dedicado a la venta de mantelerías finas y ordinarias. En 1786 contaba con quince telares para mantelerías y servilletas de primera, segunda y tercera clase, en cuya elaboración había empleadas 36 personas que se dedicaban a rastrillar, devanar, urdir y partir. Otras 17 se dedicaban al blanqueo de las telas y veinte más a pasar por lejía las hilazas.
Así como las hilanderas que estaban repartidas por la ciudad y su área de influencia que suman 820, los acopios de materia primas se compraban por lo general dentro del reino. Así 6.417 libras gallegas de lino en rama, al que vulgarmente le llaman “cerros”, otras 2.500 de hilaza, con cuyos materiales se fabrican al año 12.474 varas cuadradas de manteles y servilletas, de las cuales 10.951 varas eran consumidas por la Casa Real, en las modalidades de primera y segunda clase y las restantes se vendían o se daban por averiadas (estropeadas).

Si nos fijamos en el censo de 1794, observamos que la Real mantelería consta como industria fabricante, lo que indica que en esta fecha, esta estaba en activo. Será en 1778 cuando el rey Carlos III, rompe el pacto con la mantelería coruñesa, iniciado por Carlos II, “El Hechizado” cambiando la casa real de proveedor.

Así, dejó a la Real Mantelería de A Coruña por otra de procedencia holandesa por ser, según los motivos, “de mejor acabado, de más lujo en la mesa y más económicos que los fabricados en A Coruña”, algo que a Coderq no le entraba en la cabeza. No entendía cómo era posible que los géneros extranjeros fuesen más baratos que los nacionales, cuando a él le constaba que eran más caros y además se extraían caudales de la Hacienda para pagarlos.
Esto no amedrentó al fabricante coruñés, quien tenía un contrato que databa de 1769, por el cual se estipulaba que la textil coruñesa debía suministrar cada año a la Corte 300 juegos completos de mantelería fina adamascada, compuesto cada uno de una tabla de manteles de cuatro varas de largo y tres cuartas de ancho y vara y tercia de largo, además de otros lienzos de menor calidad.


En los primeros años de su reinado, Carlos III hubo de reponer las mantelerías que ordenó quemar y usadas por el anterior monarca y las reinas Bárbara de Braganza y María Amalia de Sajonia. Desde entonces las mantelerías, cuando se producía algún hecho luctuoso o brote de viruela, se rasgaban y los trapos que resultaban de su aprovechamiento se usaban en la limpieza de escopetas y baños o vendajes para perros.


La Real Fábrica viviría siempre a expensas de los encargos reales. Fue fundada en 1658 por Adrián de Roo y Baltasar de Kiel, estableciéndose primero en Sada y desde 1725 en la ciudad coruñesa. Era una de las pocas manufactureras asentadas en territorio urbano. A finales del siglo XVIII, fabricaba toallas de varios dibujos, cortes de zagalejos para mujeres y telillas para polacas, también en diferentes dibujos, colchas blancas, cortes de chupa y cotí de lino en colores.

Otros 113 telares
Aparte de la Real Mantelería, existían en la ciudad otros 113 telares particulares al servicio de los vecinos, en donde se tejían picotes, lienzos finos y ordinarios, manteles o fajas. Pero sus dueños no hacen tráfico con ello, siendo unos meros jornaleros a quienes se les suministra la hilaza y se paga su trabajo a un tanto por ciento, por lo que solo trabajarán unas 36 personas, en su mayoría mujeres que tejen por día vara y media, que luego es vendido en tiendas por los encargados de realizar los pedidos, pero no por los que hacen el trabajo. La Real Mantelería acaba por desaparecer en el siglo XIX, después de 180 años de intensa actividad.

Juan Esteban Cornet se dedicaba a la confección de sombrerería en general y fue pionero en el ramo. De origen francés y criado en España, se había establecido en A Coruña hacia el año 1763, en 1784, era la principal fábrica de Galicia. Este negocio lograba en 1786 hacer unos 4.000 sombreros. Contaba con diez oficiales y consumía dos quintales de lana de vicuña, otros tantos de pelo de camello de Persia y toda la liebre y conejo que se podía recoger en Galicia.


Según el censo de 1794 esta fábrica ya no funcionaba, figurando Barrie en el censo de 1800 como propietario de ella. Otros establecimientos de este tipo eran, José Julián, y Vicente do Allo. Pedro Marzal llegó a ser unos de los mayores comerciantes de la ciudad. Se instala en A Coruña en 1770 y en los primeros momentos trabajaban entre ocho y diez operarios y se fabricaban entre los 500 y 600 quintales de jarcia y cordelería en general. En 1786 cuenta con 72 trabajadores y fabrica al año 2.600 quintales de jarcia de todas maromas, para suministrar a los barcos de la Armada y para suministro en general. Según el censo de 1794 seguía funcionando a pleno rendimiento.

Por otro lado, José Julián, de origen italiano que tenía en 1786 una fábrica de sombreros, que hace al año 2.000 de calidad ordinaria, y cuenta con tres oficiales y consume al año 60 arrobas de lana castellana. Esta fábrica tampoco consta en el censo de 1794.


Vicente Allo, de París, contaba con una fábrica de sombreros que tiene un solo oficial y hacía 400-500 sombreros ordinarios al año, según el censo de 1786. No figura en el censo de 1794, lo cual quiere decir que también estaba cerrada. Por tanto no había en esa época ningún fabricante de sombreros instalado en A Coruña.

Reportaje | La Real Mantelería y otros telares instalados en la ciudad en el siglo XVIII