El día en que irse a vivir bajo un puente se convirtió en algo más que una metáfora

Luisa pone especial cuidado en mantener el orden y la limpieza en el interior de su tienda pedro puig

Luisa Cendón vive una pesadilla. No la suya, sino la de otros, la de esa gran mayoría que vive preocupada y que duerme inquieta pensando en lo que va a traer el mañana, si pierden la casa, o el trabajo, o se les acaba el dinero. Porque Luisa duerme debajo de un puente, concretamente el del viaducto que pasa por la avenida del alcalde Francisco Vázquez a la altura del Instituto Oceonográfico. Pero, para esta mujer de 55 años, la situación no es tan terrible como le parecería a cualquier otro: “No estoy tan mal. Resisto bien el frío, y aquí tengo mis cosas”.

“No estoy tan mal viviendo aquí . yo resisto  muy bien el              frío y tengo     mis cosas”



“los vecinos de san agustín  fueron muy buenos conmigo. A veces me bajaban comida caliente”

No lleva más que unos días allí. Hasta hace poco Luisa dormía en los soportales de la plaza de San Agustín, pero una amiga le prestó la tienda de campaña que se ha convertido en su hogar y tras buscar un lugar adecuado, la plantó debajo del puente. “Estoy protegida del viento y de la lluvia, y es un lugar tranquilo”. Entre el dique de abrigo y los jardines de A Maestranza, hay pocas cosas que puedan molestar a la sin techo, que disfruta del aire libre por primera vez en mucho tiempo.

“Sufrí una infección que me afectó el corazón y tuve que estar ingresada en el hospital de Pontevedra, pero salí hace unos meses y ahora me encuentro bien”, explica. Luisa nació en Santiago, pero pasó muchos años en A Coruña, “por temporadas”. También estuvo en Madrid “allí fue donde me enganché de verdad”, confiesa, sin disimular su condición de extoxicómana. Ahora ya hace mucho que no consume drogas, pero aquel hábito la marcó para siempre y le volvió seropositiva, algo que soporta con entereza: “Voy una vez a la semana a que me den metadona, y me tomo las medicinas. Si sigues tomándotelas, no pasa nada”.

 

en san agustín

Cuando salió por fin del hospital tras una larga dolencia, decidió volver a la ciudad porque guardaba un buen recuerdo de ella y porque aún tenía algunos amigos y conocidos con los que esperaba obtener alguna ayuda. Así vino y se instaló bajo los soportales de la plaza de San Agustín donde, asegura, los vecinos se portaron muy bien con ella. “Me veían y a veces me bajaban comida caliente. Otras veces se paraban a charlar conmigo un poco”.

Una amiga suya le prestó la tienda de campaña, así que decidió retirarse a un lugar más tranquilo mientras trata de rehacer su vida. Espera conseguir un subsidio que le permita conseguir alguna clase de vivienda, aunque también espera conseguir un trabajo. “Quiero hablar con Suso Montero (artista y decorador) porque me conoce y estuve en su estudio”, comenta Luisa, que estudió Dibujo y Publicidad en el Eusebio da Guarda.

Por el momento, se dedica a llevar una vida tranquila. “Sobre todo leo mucho, y a veces voy a a comprar a una tienda de libros de segunda mano en la plaza de España. Otras veces voy por San Agustín y cuido de dos perros que hay por allí”. En realidad, lo que para muchos sería un mal trago a la sin techo le recuerda uno de los períodos más felices de su vida. “En Pontevedra estuve mucho tiempo viviendo en una tienda de campaña. Tenía 14 gatos y cuatro perros. Me encantan los animales”.

Luego estuvo mucho tiempo compartiendo piso, pero no guarda muy buen recuerdo de los sitios donde estuvo. “No querría volver a compartir una habitación, siempre había mucho ruido y peleas. Lo que me gustaría es vivir en un sitio yo sola”, confiesa. Tener casa propia es un sueño bastante común, y ella estuvo a punto de conseguirlo una vez, aunque de una forma poco corriente: “Compré una caseta de obra para convertirla en mi casa, con dos habitaciones y un baño, pero no tenía un terreno donde colocarla, así que no me quedó más remedio que venderla”.

Ahora su proyecto es conseguir suficiente dinero para comprarse una furgoneta de segunda mano y habilitarla como una pequeña caravana donde poder vivir. Mientras tanto, pasa los días leyendo y limpiando la tienda que por ahora le sirve de cobijo.

El interior lo tiene lleno de libros, revistas, fotos y comida que consigue “por ahí”. Una pequeña mesita donde a veces pinta y dibuja, sin parecer más preocupada que cualquiera. Para muchos vivir bajo un puente es el final de todo, el fondo del pozo. Para ella no es más que otra etapa. Sabe mejor que cualquiera que los puentes están hechos para poder salvar obstáculos.

El día en que irse a vivir bajo un puente se convirtió en algo más que una metáfora

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