“Aprender a leer ha sido la cosa más importante que me ha pasado en la vida”

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  marta garcía márquez > a coruña

  Fueron catorce minutos de reloj los que tuvo Vargas Llosa para ser consciente de que esa llamada de teléfono le cambiaría para siempre. Seguramente que en ese período de tiempo, le vinieron imágenes de Cochacamba, de cuando recitaba poemas a su familia y le hacían gracias o del momento en que conoció a su padre en un hotel de turistas, después de darlo por muerto hasta los diez años. Tras ese corto paréntesis, el teléfono de Vargas Llosa no dejó nunca de sonar. Al otro lado de la línea, gente de todo el mundo le felicitaba por haberse hecho con el Nobel de Literatura.
El escritor peruano visitó ayer la ciudad para responder las inquietudes de los trabajadores del grupo Inditex y contar, de paso, el largo camino hasta el estrado de la gloria cuando logró emocionar a medio mundo con sus palabras. El autor de joyas como “¿Quién mató a Palomino Molero?” y “La fiesta del Chivo” deleitó al público con una vida que empezó a tener sentido a los cinco años.
A esa edad, el pequeño Mario aprendió a leer y “fue la cosa más importante que pasó en mi vida” porque con los libros de aventuras tuvo el poder de ensanchar el mundo.
El novelista asegura que no conoció una sensación más placentera que la de convertir las palabras en imágenes. Así fue como rompió las barreras y salió de Cochacamba para meterse ciudades y países en el bolsillo con el capitán Nemo. Mucho tiempo después reconoce que su vocación de escritor le vino por una anterior vocación, la de lector.
Y un Mario mimado se mosqueaba siempre que llegaba hasta el punto y final de cada novela. Por eso, cogía su bolígrafo y alargaba las historias o les añadía capítulos pero era consciente de que lo tenía difícil si quería dedicarse a eso de las letras y llevarse, al mismo tiempo, un bocado de pan a la boca.
De esta forma, Vargas Llosa comenzó a barajar la posibilidad de acercarse a la literatura desempeñando “trabajos alimenticios” que guardasen cierta relación. Acabó siendo periodista, lo que años más tarde le reportaría una “fuente buenísima de experiencias”, de la que salieron una parte importante de novelas y obras de teatro. Sin embargo, a los 21 años, un dilema se plantó en su cabeza. Le decía que siendo un escritor dominguero, pariendo cuentos tan solo en los días feriados como quien juega al tenis los fines de semana no se convertiría en un buen escritor.
La constancia fue, según el autor de “Pantaleón y las visitadoras” uno de los factores clave para que Mario pudiese escribir un final feliz a su juventud, que se curtió con la pluma de un tal Gustave Flaubert. Él le convenció de que la voluntad era capaz de superar deficiencias porque si bien el autor fue muy malo en sus comienzos, dejó como lección la prueba de que “el talento que no se hace con uno mismo, se hace con esfuerzo”.
De Flaubert destacaba ayer la novela “La correspondencia”, compuesta de las cartas que le enviaba a su amante, a la que veía una vez al mes. No solo eran escritos de amor sino que en ellos relató sin querer el proceso de una pieza maestra: “Madame Bovary”. Del francés aprendió también que la palabra justa es la que no chirría en el texto y la que puede esta buscando tardes.
Además de la disciplina, otra de las razones que lo convirtieron en genio fueron los obstáculos. En este sentido, dice que “el gran obstáculo fue mi padre”. Él trató de desarraigar su vocación y lo envió a un colegio militar. Mario no se reveló porque la autoridad de la figura paterna pesaba mucho pero se refugió en la literatura y esto no hizo más que acrecentar su pasión. Vargas Llosa señalaba que no le hizo faltar salir de ese patio. Con sus compañeros de pupitre, procedentes de diferentes estratos sociales, conoció Perú y las diferencias culturales, económicas y políticas. Y llegó “La ciudad de los perros” y la sensación de construir un caos hasta que le dio forma y se lo envió al editor catalán Carlos Barral. A las pocas semanas, Mario recibía un telegrama: “Novela aceptada”.
Desde entonces, no paró de vivir las historias y la vida a la vez e igual que Amancio Ortega puede decir: “Estamos en los cinco continentes”, el peruano toca la felicidad máxima cuando ve que la novela adquiere el don de absorberle como una bayeta. Porque Mario vive, en realidad, para lo que escribe y no entiende otra forma de ser diferente a la desdoblada.


 

“Aprender a leer ha sido la cosa más importante que me ha pasado en la vida”