De aquel primer niño que apadrinó Ferrer

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Lancy Dodem fue el primer niño apadrinado por Vicente y Anna Ferrer. De no haber entrado en su casa de Anantapur, el que ahora estrena la treintena seguramente hubiera sido chófer como su padre, que son las tareas que en su país se les asignan a los que están fuera de las castas y con los que el pacifista trabajó: “A los intocables nos toca recoger la basura, limpiar lavabos o transportar a los muertos al cementerio”. Sin contacto alguno con el resto. Dicen que ni siquiera pueden tocar su sombra. Y mucho menos tener acceso a la educación. 
El trabajo de la fundación hace que hoy otros 130.000 niños como él vayan a la escuela. En su momento, Lancy optó por aprender castellano y contar números en otro idioma además del telugu. Después de seis meses intensivos coqueteando con una lengua distinta, Dodem terminó sus estudios con las ventajas de expresarse de otra forma y la especialidad de Economía en la mochila. Por eso y porque acabó casándose con una mujer española, la entidad benéfica lo empujó a cruzar Oriente y plantarse en Europa, “que desde India se piensa como un espejismo”. 
Una vez en España, Lancy escribió su experiencia en “Mi viaje al Norte” (Plataforma Editorial), del que dio buena cuenta ayer en la librería Arenas. Para seguir las pautas de quien lo adaptó, que son tres: “Creer en la providencia, acción buena y saber perdonar”. Con este mensaje, Dodem actúa de portavoz de un hombre que se hizo defensor de la paz en medio de una guerra. Y sorteó la expulsión de la India acudiendo a la región de Lancy. Que asegura que su trabajo ha cambiado la vida de tres millones de paisanos suyos apartados, de “mujeres maltratadas que ahora son dueñas de pequeños negocios y de niños discapacitados que antes eran rechazados como parte sobrante de la sociedad y que en la actualidad se forman en los centros”. 
Los seis proyectos que realizan en el país son imprescindibles para sacarlos adelante. Gracias a microcréditos que llegan en forma de apadrinamiento procedentes de todo el mundo y “que permiten que una mujer se compre un búfalo, le saque leche y que la venda” o que otro grupo fabrique cestas y las comercialice. 
Las ayudas van directamente a un fondo común y es la Fundación Vicente Ferrer la que reparte, asegura Lancy, que tenía una imagen de España a través de lo que vio en la películas: “Llegas con estas ideas y después compruebas que la vida también es dura aquí, “que hay gente pobre que necesita ayuda” y que “la mayoría viven para trabajar”. 
Lancy lleva 13 años en España y de momento tiene pensado quedarse, porque “cuanto más piensas, es un segundo menos que disfrutas”, asegura. De esto y de que hay que verlo todo en positivo, habla en la publicación. En un mundo “donde es posible el cambio, pero para el que se necesita la unión de muchas manos”, tal y como un día le enseñó un hombre con sandalias rotas de tanto caminar. n

De aquel primer niño que apadrinó Ferrer