Reportaje | La cocaína que alteró a los vecinos de una tranquila comunidad

El número 53 de Casanova de Eirís es una promoción nueva | javier alborés
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Los residentes del número 53 de la avenida de Casanova de Eirís, en O Castrillón, se despertaron ayer con la sorprendente noticia de que un vecino suyo es el mayor narcotraficante que se ha detenido en la ciudad en lo que va de siglo, y que esa misma semana había caído en las manos del grupo coruñés del Equipo de Delincuencia Organizada y Antidroga (EDOA) de la Guardia Civil, que había descubierto en el 1º A dos kilos de cocaína y 400 gramos de metanfetamina. De hecho, los vecinos habían sospechado que algo ocurría cuando vieron a un coche patrulla de la Guardia Civil en el garaje comunitario, pero nunca habían pensado en algo tan grave.
“Yo, la verdad, creí que era lo del perro”, explica un vecino. Resulta que el lucense detenido esta semana, P.S.C., de 28 años, era propietario de un perro pequeño, de raza Yorkshire o similar, y el animal molestaba con sus ladridos a toda la comunidad. “No podías dormir, se pasaba ladrando toda la noche. Yo una vez fui a llamar a su puerta para quejarme, pero no me abrió”, recuerda.


Quizá el hecho de convivir con una gran cantidad de sustancias estimulantes explica que el animal se pasara tantas noches en vela ladrando sin parar. En todo caso, los afectados habían interpuesto varias denuncias por ese motivo. Así que al vecino falto de sueño, al encontrarse con la Guardia Civil, no se le ocurrió otra que pensar que el Instituto Armado había decidido tomar cartas en ese asunto. “Yo le pregunté si estaban aquí por lo del perro y el guardia civil me dijo que sí, que ya lo habían arreglado todo”. Hay que reconocer que el agente no fue muy sincero aunque, por otro lado, el perro desapareció con su dueño cuando este fue detenido junto con sus cómplices así que, en cierto sentido, el EDOA también se encargó de un problema de convivencia, y no solo de salud pública, al detener al lucense.
Lo que se olían
Por otro lado, todos coinciden en señalar que el narcotraficante era muy tranquilo en el trato aunque señalan que no llevaba mucho tiempo residiendo allí, apenas un año: “Yo coincidí con él varias veces y parecía un buen tío. Sacaba el perro a pasear y lo veías por la calle”. Eso sí, no respetaba las normas de higiene comunitarias más de lo que respetaba las leyes que prohíben los narcóticos: “Ya lo habíamos comentado con el presidente de la comunidad. Tenía el patio asqueroso, lleno de cacas de perro”. Pero eso era lo único que se olían los vecinos.
Ni ruidos más allá de ladridos, ni visitantes a horas intempestivas. La puerta del 1A no parecía esconder más que un vecino normal con un perro particularmente molesto (o químicamente espídico). Nadie sabía a qué se dedicaba, y, en realidad, oficialmente no tenía ningún trabajo, lo que no le impedía mantener esa casa y un coche Mini de alta gama. Tras la excitación inicial, solo cabe esperar que la calma, como un bajón, vuelva a la comunidad.

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