Cuando los secretos se guardan en cajas

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Una colección de cajas cerradas se abren al público desde ayer en el palacio de María Pita. Son mágicas porque mágico es encerrar mensajes diversos bajo una tapa y compartirlos con el curioso. La exposición “Cajas mágicas” es un bis de la que se montó en la galería Ra del Rey de Madrid, más la incorporación de nuevos dueños de esos contenedores puestos desde ayer en bandeja. 
Para una de las artistas, Ánxeles Penas, el formato no deja de ser un lugar donde se almacenan tesoros, que son, en realidad, recuerdos y vivencias: “Los secretos se guardan en cajas para protegerlos de las miradas indiscretas”. Una de estas, cerrada, es para la creadora fuente de excitación. Exalta el inconsciente. El hecho de poner sobre la pista un conjunto de urnas supone dar un salto imaginativo “que se relaciona con las sugerencias suscitadas por aquello que está oculto”. 
Añade Penas que un cofre apela siempre a una imagen de profunda ontología, aquello que Gaston Bachelard llama en el libro “La poética del espacio” “inteligencia del escondite”. Los múltiples escondites que conforman la muestra responden al pincel de Carmen Pages, Jesusa Quirós, Elena Martín, Manuel Alcorlo, Rufino de Mingo, R. Gutiérrez Goñi o Ángel Aragonés. Son collage, expresión o pareja envasada al vacío. 
Dice Ánxeles que las cajas mágicas se plantearon como compuertas. Capaces de abrir ventanas a la imaginación y, a la vez, estimular al curioso, que abre y descubre el secreto. La receta del misterio se basa en darle al público una dimensión distinta a la del plano tradicional. 
Es por tanto una exposición que se aleja de lo convencional. Para ser mágico, por eso de que los autores “juegan con las apariencias, transformándolas” igual que lo hace un mago. Penas explica que se apoyan en informaciones de lo supuestamente real, “apelan a algo que está más allá de la experiencia”. Despiertan memorias extrañas –explica–, potencias oníricas. Establecen relaciones novedosas. 
De esta forma, cuenta Penas, una mariposa y un ave en el bosque pasan por ser piruetas del alma. Un pez en la cabeza de una dama es un anhelo de transmutación. Una luz roja al fondo de un pasadizo es una llamada de alerta al corazón. 
Cada uno de estos artistas se enfrentó al vacío, al doble hueco de la caja, y tuvo que discernir sobre qué cosa quería guardar en ella. La elección, señala la artista, fue complicada. Más de uno escogió la oscuridad. Otros recurrieron a la fábula y detuvieron el tiempo. Cogieron retales de la comedia humana y se dejaron llevar por la luz y las sombras, por los cuatros elementos y las formas, que están en el espacio. 
Entre todos los pintores, trazaron un viaje donde la realidad se mezcla con la ficción. Se tiñe de azul. Para ser un puñado de evocaciones que los coruñeses podrán atrapar hasta el 20 de julio. Solo así, con la intervención de los espectadores, las cajas tendrán sentido. n

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