“Hay artesanos que están vendiendo cerámica en Australia”

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El presidente de la Asociación Galega de Artesáns (AGA), Manuel González (Rábade, 1953), visitó ayer el taller de cerámica Laura, recientemente abierto en Cambre, uno de los últimos que se abrió durante el año pasado en el área metropolitana de A Coruña. Mientras la artesana continuaba con su trabajo, él sacaba fotos y comentaba cuál es la situación del sector, que no es demasiado mala, teniendo en cuenta las dificultades para emprender que existen en Galicia.

Así que... ¿Cómo ha ido 2015? 
Ha ido regular, gracias a Dios. 

¿Qué quiere decir? 
Lo que hemos conseguido es mantener el tipo, aunque tuvimos algunas buenas noticias. Como que algunos artesanos hayan tenido repercusión fuera de Galicia y surgido nuevos talleres, incluido en A Coruña, este año pasado. Y algunos que funcionaban ya, se han consolidado en la última década.

¿La artesanía gallega vende? 
Dentro de todas las dificultades para comercializar productos. La crisis te exige el doble o triple de esfuerzo para vender mercancía. Ahora mismo hay gente que está vendiendo en Madrid en una feria profesional o en París o por internet. 

¿El mercado es internacional? 
Hay artesanos de Galicia que están vendiendo cerámica en Australia. Y eso se consigue yendo a una feria de un determinado nivel. 
¿La clave son las ferias?
Son muy importantes para hacer nuevos clientes. Hace unos días la Xunta, a través de la Fundación Centro Galego de Artesanía, estuvo en un estand en Estocolmo, con piezas de artesanos gallegos. En París, Maison & Object es muy importante. A través de esta feria un solo taller vende a quince a veinte países diferentes, aunque pedidos siempre pequeños.

¿Así que el artesano tiene que ser comercial, además de artista?
Lo que caracteriza al artesano es que todo lo hace solo: desde elegir los materiales a vender el producto. Pocos tienen agentes comerciales. El taller es el centro de la actividad económica y el artesano lo cocina todo solo. 

¿Cómo pueden permitirse el viaje y la estancia?
Por sí mismo, un artesano no podría. Tendría dificultades de todo tipo: trámites de exportación, rentabilidad... Pero la fundación lleva más de 30 artesanos y monta una tienda colectiva, por donde pasan galeristas y compradores profesionales de tiendas.

¿Todos son exportadores? 
Hay mucha gente que no exporta, que comercializa todo lo que hacen en Galicia. Tradicionalmente ha sido así. Algunos comercializaban su producto en un radio de 50 o 100 kilómetros, pero las cosas han cambiado muchísimo. y en Galicia tenemos un mercado limitado, con “x” número de personas.

¿Cómo se han notado esos cambios? 
La actividad económica antes de los años 60 era casi anecdótica, el mundo rural. Ahora mismo la actividad es mayor proporcionalmente al número de personas que trabajaban antes de los 70. Y eso es porque se ha profesionalizado el sector.

¿No era por las ferias?
Siempre se ha vendido fuera de Galicia y lo habitual es participar en ferias de artesanía, de venta directa, donde vas con tu producto y vendes directamente al público. Hay más de cien en toda España. Un caso muy significativo es el encaje de Camariñas, que siempre se ha vendido para la exportación. Sobre todo a América, a donde se transportaban cantidades ingentes por barco. 

¿Cómo lo hacían? 
Aún ahora hay una figura que es una persona de la zona que hace de tratante y recolecta todo el encaje y lo lleva a ferias. 

Creía que había dicho que los artesanos lo hacen todo solos. 
Cada oficio tiene sus particularidades y los que se crean por comarcas tienen sus propios hábitos. En otros sectores no está tan agrupado y cada empresa tiene su estrategia. Una muy puntera son las lámparas de Arturo Álvarez, que se venden en todo el mundo. No todo el mundo sabe que algunos bolsos de Loewe están hechos por artesanos gallegos. Y ese bolso también se vende en todo el mundo. 

¿Qué papel tiene la formación en todo esto?
Fundamental, porque estamos hablando de un producto con mucho valor añadido.

¿Cómo se forman los artesanos gallegos? ¿En Bellas Artes?
La mayoría puede tener formación por transmisión familiar. Por ejemplo, el de Elena Ferro, cuyo padre era zoqueiro, y ella sigue haciéndolos, pero muy contemporáneos, y ha ampliado su taller y ahora trabajan en él seis o siete personas. Pero la tecnología es la misma.

¿Qué ha cambiado tanto, entonces?
Se demuestra que una actividad que estaba en extinción, como hacer zuecos, y que parecía destinada a los museos, se puede reconvertir para crear riqueza y empleo. 

Hasta que acabe calando el uso de las impresoras 3D.
La artesanía no se puede hacer con una impresora 3D porque usa una materia plástica. Mejor dicho, se podría hacer, pero no tendría las cualidades de un zueco artesanal, orgánico. 

No hay peligro de deslocalización, tampoco. 
No tendría sentido. Hay un factor importante a tener en cuenta: la producción industrial está basada en el factor capital. 

¿Y la artesanal?
En el factor trabajo: eso significa que cuesta lo mismo ser artesano en cualquier parte. Por eso la Unión Europea considera la artesanía “una actividad socialmente deseable”, lo que no puede decirse de todas las actividades comerciales. 

“Hay artesanos que están vendiendo cerámica en Australia”