Un helado de mantecado

20 agosto 2014 página 14 A Coruña.- Las heladerías coruñesas ofrecen variedad de sabores a sus clientes
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Esa mañana escuché en la radio que según los astrónomos, la llegada de esta estación se produjo este año a las 12:07 horas y que, gracias a las ecuaciones matemáticas que ellos manejan, se puede predecir con total exactitud cuando llegará en los próximos años. Es decir, si queremos saber en qué momento se producirá el solsticio en el año 2050 les podremos preguntar la hora concreta.
La verdad es que esta fecha siempre me ha encantado. Ahora es el momento en el que se empiezan las vacaciones, los días son más largos y las horas se alargan y se tiñen de un color entre naranja y amarillo. Cuando éramos pequeños podíamos pedir los primeros helados porque, aunque muchos no lo recuerden, no siempre se tomaban helados a lo largo del año. De hecho recuerdo una campaña de hace décadas que animaba a consumir helado incluso en los meses de frío, cosa que hoy en día no tienen que recordarnos. 
Una de las primeras cosas que me encantó cuando vine a vivir esta ciudad fueron precisamente los helados de la heladería Colón —poder pasear por la Dársena mientras se toma uno es un plan de los grandes—. Hace unos días pedí el primero de la temporada y fue un gran premio después de un año cargado de ciclogénesis. Todos los sabores que elaboran son un pasaporte directo a la infancia y de cuando aún se pedían los helados de mantecado.
Y es que el verano es esa época en la que almacenamos los recuerdos más sencillos, a la vez que los que más se nos incrustan en la memoria. En este momento necesitamos poco y podemos prescindir de lo que nos sobra. Por eso, y aunque siempre se representan los maleteros cargados de flotadores y de artilugios varios, lo único que tenemos que poner en la maleta es una crema Nivea para la playa, el traje de baño, las palas y unas cangrejeras a prueba de fanecas.

Ordenar ideas
Es una buena época también para ordenar las ideas. Yo, que desde hace mucho uso agenda escolar que empieza en septiembre, casi visualizo como fin de año esta época y es una idea que me encanta porque el verano puede ser ese trampolín que nos impulse a un nuevo curso, dentro de un par de meses, cargado de energía. También, con el paso de los años, nos damos cuenta de como nuestra percepción del tiempo cambia a medida que nos hacemos mayores y, si bien es cierto que cuando éramos pequeños las vacaciones nos parecían interminables, ahora ya se nos hacen un poco más cortas.
Por eso, no podemos dejar de aprovechar cada segundo cargado de granos de arena de la playa o de dejarnos sorprender cada día de los atardeceres sin prisas por el día siguiente. Hay comidas que saben mejor en verano y lecturas que se leen de un tirón. 

Cambiar de actividad
Estos meses son una buena oportunidad para cambiar de actividad, para llenar las horas de recuerdos que llenen precisamente esa maleta en la que puede sobrar espacio al hacerla antes de nuestro viaje. Son esas semanas para volver a reunirnos, o para reencontrarnos con calma y serenidad con todos los que están a nuestro lado cada día.
Pero sobre todo es la época en la que podemos volver a ser un poco niños, como cuando pedíamos esos cinco minutos más dentro del agua del mar y en la que no entendíamos porqué había que limpiarse los pies de arena cuando volvíamos a casa. Es, en resumen, ese espacio de tiempo en el que tenemos que enfocar todas nuestras energías en abrazar a nuestra familia, en no contar el paso de las horas cuando estamos con nuestros amigos y en el que pedir, por favor, un helado de nuestros preferidos...

Un helado de mantecado