Coruñeses en todas las latitudes relatan la lucha contra el virus

Antón Manoel Dubra, coruñés en Tokio
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La crisis del coronavirus se ha convertido, poco a poco, en global, y los coruñeses que residen en diferentes lugares del mundo narran sus experiencias para evitar contagios y fallecimientos.

Antón Manoel Dubra trabaja como manager de Recursos Humanos en Tokio (Japón), donde hace tiempo que su empresa ofrece a los trabajadores las opciones de “flex time” –horario flexible, para que no se formen aglomeraciones en las estaciones– y de teletrabajo. Él combina las dos según le convenga, aunque prefiere acudir a la oficina –donde estos días hay muy poco personal–.

“La cultura japonesa es conservadora y respetuosa. La gente habitualmente, sin pandemia ninguna, ya guarda las distancias de seguridad. No hay contacto físico y en los trenes, aunque a veces van llenos, la gente lleva mascarilla o lleva guantes”, apunta Dubra, de 34 años, quien añade que la alcaldesa de su ciudad ha dado ya recomendaciones a la población para quedarse en casa, aunque no se ha prohibido salir ni abrir los negocios.

Conciencia y solidaridad

Antón Dubra alude a la conciencia social y a la solidaridad para acabar con esta lacra. “España es el país de la picaresca, el país del ‘no me lo creo’ y ‘a mí no me va a pasar’. Cuando veo en Twitter que la gente se salta las normas lo comparo con Asia, y aquí no es así”, dice.

La psicóloga Sara López (23) vive en Berlín (Alemania), donde actualmente es dependienta de una tienda de la cadena Inditex. “Hay más de 47.000 contagios y 285 muertos, la semana pasada cerraron universidades y colegios hasta empezar el segundo semestre y todas las discotecas, clubs y bares. También cerraron comercios, como mi tienda –Bershka–, pero ahora el Gobierno ya ha mandado cerrar todo. Nos recomendaron quedarnos en casa pero podemos salir a hacer deporte o pasear, manteniendo 1,5 metros de distancia”, indica.

López incide en que, como ocurre en este país, no todo el mundo obedece a las indicaciones del Gobierno, que pide que las salidas sean solo “para lo imprescindible”. “Hace muy buen tiempo, en el metro se ve menos gente pero en las calles se sigue viendo”, apunta la psicóloga coruñesa, quien añade que en los supermercados ha notado la falta de conservas, garbanzos y harina, entre otros artículos.

Paula Mariñas tiene 35 años y reside en Toronto, Canadá, donde ejerce como productora audiovisual. “Desde el día 8 ya nos habían pedido confinamiento voluntario a la población y ahora está todo cerrado, excepto supermercados y farmacias”, asegura Mariñas.

“Aquí parece que tomaron medidas muy estrictas antes de que se disparase la cosa. Los números no son tan altos aquí como en España, Italia o China, pero ya está teniendo repercusiones laborales y más de un millón de personas en Ontario hemos sido despedidas temporalmente”, señala.

La productora afirma que, para paliar los efectos del desempleo, el Gobierno canadiense ha creado una ayuda por la que todos los afectados cobrarán una especie de subsidio de 2.000 dólares mensuales durante cuatro meses.

Aumento de casos

El imparable ritmo de contagios por Covid-19 en Europa, recuerda Antón Dubra, “también tiene que ver con que se hacen muchos test”. “En Japón eso no estaba pasando, no se hacían pruebas para no crear alarma social y no se registraron números tan malos. Pero ahora que se han suspendido los Juegos han empezado a salir a la luz todos los contagios”, subraya el vecino de Tokio.

En Sydney (Australia) se encuentra Berto Gómez, ingeniero de software de 34 años, quien todavía no se encuentra confinado en su domicilio. “Suponemos que en unos días llegará aquí el pico de infección y se tomarán las mismas medidas que en España”, afirma.

El coruñés explica que donde más se nota actualmente es en el comercio local, con menos actividad, y en restaurantes. “No hay casi nadie en calles como China Town, que siempre está muy concurrida”, cuenta, y recuerda que “la locura” empezó hace cosa de un mes “con las mascarillas, que se agotaron y, poco después, empezaron con el papel higiénico”.

Gómez, que vive en Nueva Gales, también destaca la escasez de carne en los supermercados: “Tienes que madrugar para comprarla, es muy difícil y hay muchas estanterías vacías”, comenta, aunque “en el resto de cosas todavía no se ha notado mucho cambio”.

A través de videollamadas, fotos y redes sociales, los coruñeses esparcidos por el mundo mantienen el contacto diario con sus familias y seres queridos de España, quienes esperan con ansia poder volver a verlos cuando la pesadilla termine.

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