Trece años con una mochila a la espalda

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  Reportaje de marta garcía márquez

kiosco alfonso “áfricas”

Hay quien puede juzgar de antinatural el hecho de que las mujeres surma lleven incrustados platos de arcilla y que sus labios funcionen como bordes de la cerámica que van estirando con los años. Sin embargo, a nadie le parece raro que las madres del primer mundo se separen de sus hijos a los pocos meses. Y mucho menos, antinatural.
Luis López “Gabú” reflexiona en alto sobre un trozo de tierra donde a las mujeres les nace un pequeño apéndice cuando dan a luz, que no lo sueltan hasta que la naturaleza lo dictamina. Sin tergiversar las leyes de mamá tierra. De las maternidades también habla el fotógrafo con el objetivo porque ellas representan la esencia del espíritu.
El Kiosco Alfonso se dispone a hacer una radiografía del continente negro para que Occidente compruebe que, en realidad, no son una sino muchas las Áfricas que apenas se conocen, acostumbrados a simplificarlo todo y girar de paso la cabeza. Gabú expone a partir de hoy sus composiciones más artísticas después de revisar trece años con la mochila a la espalda y la incertidumbre del que no sabe si llegará mañana.
El artista despachará durante este mes billetes para un recorrido gratuito que irá de Somalia a Guinea Bissau sin hacer paradas, pasando por Etiopía y saltando sin mojarse hasta la isla de Haití, de donde los curiosos se llevarán a modo de souvenir un cacho de la espiritualidad de las tribus y un montón de miradas profundas de postre. Porque sus ojos siguen siendo igual expresivos y porque nadie les ha quitado el brillo, estas dicen mucho más en medio de las composiciones.
Son el resultado del duelo al que se tuvo que enfrentar Gabú en cada disparo: “Entre mi mirada y la del fotografiado”. De ahí que la muestra sea desafío y complicidad, que solo se consigue cuando la cámara se sitúa tan de cerca. En este sentido, la selección de imágenes concuerda con la espiritualidad de los pueblos, que se exterioriza de una forma o de otra dependiendo de las tradiciones que pueden ser puras, también llamadas animistas, o bien respiran del islam o el cristianismo para responder al sincretismo. Y la fe que mueve montañas se transmite a través de ritos y bendiciones, acciones que les ayudan a ser más fuertes y para las que se preparan en cuerpo y alma.
Gabú dice que mientras que en la sociedad de consumo, los centros del espiritualismo son los centros comerciales, allí la vida se rige por la supervivencia.
El artista llega hasta la esencia de esa espiritualidad con mujeres que posan junto a sus niños, ataviadas con joyas, que también posan, igual que el carácter de su pueblo, que se traduce en miradas. Estas pueden ser ácidas o dulces según la forma que tienen de enfrentarse a su día a día.
Para construir las imágenes, el artista se inspira en la estética del arte africano de posturas firmes y hieráticas, llenas de expresión, que se refuerzan si cabe con un juego de luces y de sombras, siempre en blanco y negro porque el color puede llegar a despistar.
En este sentido, la ausencia de tonalidades hace que el espectador reciba la misiva de las distintas Áfricas de manera limpia. No hay ruido que valga. Gabú condensa fotos de cuando comenzó a pisar el continente y llegó hasta Guinea Bissau para retratar a una mujer con su gri-gri, un amuleto que llevan las mujeres y que las aleja de la mala suerte.
La muestra se detiene en Haití, donde estuvo antes y después del terremoto para dejar que su fe, lo único que les queda, salga en el plano. Aquí se pueden ver instantáneas sobre el ritual negro vudú y la singularidad de una tierra que, al estar aislada, mantiene sus creencias intactas y no chupa de otras culturas.
El fotógrafo se introduce en las madrasas africanas, donde los niños escriben los dictados de su religión en tablas que se curan con grapas cuando enferman. Ellas son el símbolo de lo espiritual igual que la tela de las que se cubren la cabeza como en el islam. Gabú recoge detalles a lo largo de un mapa que va desde Somalia hasta el occidente atlántico y compone, sin querer, un retrato de las Áfricas que son muchas aunque el primer mundo se empeñe en decir que es una sola.


 

Trece años con una mochila a la espalda